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¿Quién manda en los grupos mediáticos?
El sistema de libre mercado deja de existir cuando se crea un monopolio. Una de las tareas del gobierno que dice defender el libre mercado es la legislación y la defensa de una competencia real. Pactar precios, hacer holdings empresariales que controlen la mayoría del mercado es una manera de eliminar la libre competencia perjudicando al consumidor, que deja de poder elegir entre distintos productos o servicios según su criterio. El negocio de la información y la cultura es un sector estratégico para cualquier poder. Y con la crisis se ha evidenciado públicamente que los grandes grupos mediáticos y editoriales dependen de los bancos. Si enciendes la televisión o compras un Best Seller al uso, nunca te vas a encontrar con una crítica bien construida al sistema financiero actual. De hecho, el poder de la banca es tan grande, que ni estudiando la carrera de Ciencias Económicas podrás acceder a una crítica seria o al estudio de alternativas al sistema de Bancos Centrales y Reserva Fraccionaria.
Relato Cristo sobre patines de Charles Bukowski:
(…)
—Entra —dijo Mason. Era Monster Chonjacki, barbudo, dos metros veinte de altura y 180 kilos. Chonjacki apestaba. Empezó a llover. Se podía oír un camión de carga pasando por debajo la ventana. Eran realmente 24 camiones yendo hacia el Norte. Chonjacki seguía apestando. Era la estrella de los Yellowjacketts, uno de los mejores patinadores a ambos lados del Mississippi, a 25 metros a cada lado.
—Siéntate —dijo Mason.
—No hay sillas —dijo Chonjacki.
—Déjale la silla, Cliff.
El vicepresidente se levantó lentamente, dando toda la impresión de un hombre que va a tirarse un pedo, no lo hizo y fue a apoyarse contra la gruesa ventana amarilla, observando a la lluvia golpear en el cristal. Chonjacki se sentó, bajó la cabeza, cogió y se encendió un Pall Mall. Sin filtro. Mason se inclinó por encima del escritorio.
—Eres un ignorante hijo de puta.
—¡Eh, espere un momento!
—¿Quieres ser un héroe, eh, hijito? Te excitas cuando niñitas sin un solo pelo en sus coños corean tu nombre?
(…)
—Esto, nene, es un negocio, no un deporte. No creemos en gente que haga daño. ¿Me explico bien?
Chonjacki estaba allí sentado, escuchando la lluvia. Se preguntaba si su coche iba a arrancar. Siempre tenía problemas para arrancar su coche en días de lluvia. De todos modos, era un buen coche.
—Te he preguntado, nene, si me he expresado bien.
—Oh, sí, sí…
—Dos costillas partidas. Dos de las costillas de Sonny Wellborne partidas. Es nuestro mejor jugador.
—¡Espere! Él juega para los Vultures. ¿Cómo puede ser nuestro mejor jugador? Wellborne juega para los Vultures.
—¡Gilipollas! ¡Nosotros llevamos a los Vultures!
—¿Que llevan a los Vultures?
—Sí, lameculos. Y a los Angels y a los Coyotes y a los Cannibals, y a cualquier otro maldito equipo de la Liga, son todos de nuestra propiedad, todos esos chicos…
—Cristo…
—¡No, Cristo no; Cristo no tiene nada que ver con esto! Pero, espera, me has dado un idea, idiota.
Mason se dirigió hacia Underwood, que seguía mirando la lluvia por la ventana.
—Es algo que hay que pensar —le dijo.
—Uh —dijo Underwood.
—Deja de pensar en tu polla, Cliff, Piensa en esto.
—¿En qué?
—Cristo en patines. Tiene posibilidades ilimitadas.
—Sí. Sí. Podemos enfrentarle con el diablo.
—Eso es bueno. Sí, el diablo.
—Podemos incluso hacer algo con la Cruz.
—¿La Cruz? No, ya hay bastante tomate.
Mason se volvió hacia Chonjacki. Chonjacki seguía allí. Se sorprendió de verle. Si se hubiera encontrado con un mono allí sentado, se hubiera sorprendido menos. Mason había visto muchas cosas. Pero no era un mono, era Chonjacki. Deber, deber… todo por el alquiler, un pedazo ocasional de culo y un entierro en el campo. Los perros tienen pulgas, y los hombres problemas.
—Chonjacki —dijo—, por favor, déjame que te explique algo. ¿Me escuchas? ¿Eres capaz de escuchar?
—Estoy escuchando.
—Esto es un negocio. Trabajamos cinco noches a la semana. Salimos en televisión. Alimentamos familias. Pagamos impuestos. Votamos. Compramos papeletas de los jodidos policías como cualquier otro. Sufrimos dolor de muelas, insomnio, enfermedades venéreas. Nos gusta celebrar la Navidad y el Año Nuevo como todo el mundo. ¿Entiendes?
—Sí.
—Incluso, a veces, nos deprimimos. Somos humanos. Yo incluso, a veces me deprimo. Algunas veces me siento como si llorara en medio de la noche. Tan cierto como el infierno que me sentí llorar la pasada noche cuando le rompiste dos costillas a Wellborn…
—¡Me estaba puteando, señor Mason!
—Chonjacki, Wellborn no tocaría un pelo del codo izquierdo de tu abuela. Él lee a Sócrates, Robert Duncan y W.H. Auden. Ha estado en la Liga cinco años y no ha causado el suficiente daño físico para molestar siquiera a una vieja beata…
—Me estaba atacando, me acosaba, me estaba gritando…
—Oh, Cristo —dijo Mason, dulcemente. Puso su puro en el cenicero—. Hijo, no te lo he dicho. Somos una familia, una gran familia. No nos hacemos daño entre nosotros. Nos hemos conseguido la mejor audiencia subnormal de todos los deportes. Hemos reunido a la mayor masa de idiotas vivos que nos meten el dinero directamente en nuestros bolsillos. ¿Te das cuenta? Hemos sacado al clásico idiota de la lucha profesional, de Me gusta Lucy, y de George Putnam. Lo tenemos en nuestra manos, y no creemos en cualquier intento de maldad o violencia por parte de nuestros chicos. ¿Cierto, Cliff?
—Cierto —dijo Underwood.
(…)
—Ahora, mira, chico, aquí tenemos una regla general, que es… ¿Estás Escuchando?
—Sí.
—…que es: Cuando alguien en la Liga hace daño a otro jugador, queda fuera del juego, fuera de la Liga; de hecho, desaparece como jugador, entra en la lista negra de cualquier torneo en América. Y puede que en Rusia y China y Polonia también. ¿Te metes esto en la cabeza?
—Sí.
—Ahora vamos a dejarte pasar esto porque hemos gastado mucho tiempo y dinero en fabricarte. Eres el Mark Spitz de nuestra Liga, pero podemos barrerte igual que ellos pueden barrerle a él, si no haces exactamente lo que te digamos.
—Sí, señor.
—Pero eso no quiere decir que te tumbes de espaldas. Tienes que actuar violentamente sin ser violento. ¿Te enteras? El truco del espejo, el conejo fuera del sombrero, el túnel lleno de boloña. Les encanta ser engañados. No saben la verdad, pero tampoco quieren saberla, les hace sentirse desgraciados. Nosotros les hacemos felices. Y conducimos coches nuevos y mandamos a nuestros hijos al colegio. ¿Cierto?
—Cierto.
—Está bien, lárgate echando leches de aquí.
Chonjacki se dispuso a marcharse.
—Y, chico…
—¿Sí?
—Date un baño de vez en cuando.
—¿Qué?
—Bueno, a lo mejor no es de eso. ¿Usas suficiente papel higiénico cuando te limpias el culo?
—No sé. ¿Cuánto es suficiente?
—¿No te lo dijo nunca tu madre?
—¿El qué?
—Te limpias hasta que no veas más mierda.
Chonjacki se quedó allí de pie, mirándole.
—De acuerdo, puedes irte ahora. Y, por favor, recuerda todo lo que te he dicho.
(…)
Bukowski, El Sur de ningún Norte, 1973
¿Por qué cambian los títulos?
Todos sabemos que muchos libros y películas tienen distintos títulos al traducirlos del inglés al castellano. ¿Por qué sucede esto? ¿Tan diferentes son las culturas, los pueblos, que hay que cambiar el eslogan, la frase visible que nos informa sobre el contenido de la obra? Un título es algo especial, es el resumen del resumen. Da información sobre lo que nos encontraremos, al mismo tiempo que se busca el efecto impactante para captar la atención del público. El público, esta masa amorfa de gente que para las grandes editoriales o productoras solo significa una cosa: dinero. El título de una obra es parte de la obra, y cambiarlo porque alguien en el gabinete de una editorial piense que así llegará mejor al público local, sencillamente es una falta de respeto a las personas que han intervenido en la creación de dicha obra. Voy a poner el ejemplo de un libro de Charles Bukowski; El Sur de ningún Norte. No, no hagáis el esfuerzo de buscar este título en google, porque no lo vais a encontrar. Aunque si buscáis South of no North sí que lo vais a encontrar… Y si os cuesta leer en inglés, tendréis que buscar en google: Se busca una mujer.
De aquí llegamos a la conclusión que los editores españoles tienen un concepto sobre su público como un poco más simple y primitivo que los editores americanos. Se busca una mujer es el título de uno de los relatos que nos encontraremos en El Sur de ningún Norte, junto a perlas de la literatura moderna, metáforas de nuestra sociedad, y demás relatos de los fondos urbanos que Bukowski conocía bien.
Pero también se podría interpretar el cambio de título por la consideración de que el público español tiene problemas para entender las metáforas, así como el juego con los opuestos arriba-abajo, Norte-Sur… Tiran más dos tetas que dos carretas: éste es el mensaje que el público español está preparado para consumir, según la editorial.
Podría poner ahora el ejemplo del libro que comenté en este post: El hombre en el castillo. Tengo que decir que nunca me atrajo este título, y me costaba entender su significado. Y el otro día me encontré con la sorpresa de que el título original es: El hombre en el castillo elevado. Entonces todas mis dudas se desvanecieron al instante, y comprendí la totalidad de la obra. Otra vez, las editoriales españolas creyeron que el público español solo sabe arrastrarse por el suelo incapaz de ver las alturas, lo que nos lleva a la inevitable conclusión de que el mundo editorial simplemente navega en el Sur de ningún Norte.
Y si queréis encontrar el Norte entre el meollo cultural de la actualidad, leed el relato Cristo sobre ruedas del libro Se busca una mujer. Yo no lo publico aquí porque me crujen a demandas judiciales sobre derechos de autor aunque el pobre Bukowski esté ya fiambre, porque esto sí que lo saben hacer las editoriales: criticar la difusión del arte, Internet, y las nuevas tecnologías…
La estupidez a domicilio
Los medios de comunicación son víctimas del pensamiento único políticamente correcto que se impone como norma moral. El pobre entrevistador belga del video que muestro a continuación es un claro ejemplo. No se sabe porqué, al pobre le toca entrevistar un día al escritor Charles Bukowski. Y se le ve el plumero con las preguntas que hace, acusando a Bukowski de tratar a las mujeres como simples objetos sexuales, a lo qué él responde:
-Tío, ¿te has leído el libro?
o
-¿De dónde sacas esta mierda?
o
-Estás realmente jodido…
Mujeres: me gustaban los colores se sus ropas, su manera de andar, la crueldad de algunos rostros, de vez en cuando la belleza casi pura de una cara, total y encantadoramente femenina. Estaban por encima de nosotros, planeaban mejor y se organizaban mejor. Mientras los hombres veían el fútbol o bebían cerveza o jugaban a los bolos, ellas, las mujeres, pensaban en nosotros, concentrándose, estudiando, decidiendo, si aceptarnos, descartarnos, cambiarnos, matarnos o simplemente abandonarnos. Al final no importaba, hicieran lo que hicieran, acabábamos locos y solos.
Extracto de Mujeres, de Charles Bukowski, capítulo 94.