Juego de niños

En el patio del colegio había un pino muy grande. Cuando éramos más pequeños, jugábamos a subir en él, hacíamos cabañas, y competíamos por quién era el que subía más rápido, cronometrando con el reloj digital Casio made in Japan que todos poseíamos. Teníamos que dar un salto para alcanzar la rama ancha encima de nuestras cabezas, y desarrollar nuestro ingenio y agilidad para ponernos encima. Cuando uno descubría una nueva técnica para girar el cuerpo y que éste se mantuviera encima, luego la explicaba orgulloso a los demás, y luego todos pasábamos a intentar ejecutarla, con mayor o menor éxito.

Un día del último curso de la escuela estábamos los mismos paseando por el patio, cuando de pronto topamos con aquel árbol.
-¡Eh! ¿hacemos como antes y nos subimos?
-¡Vale va!- dijimos todos, con ganas de recordar aquellos momentos de hacía unos pocos años. Joan empezó a agarrarse a la rama y a subir, cuando de pronto se acercó un mocoso con una bata azul.
-No podéis subir al árbol. Está prohibido.
-¿Qué va a estar prohibido? ¡Anda! Lárgate de aquí.
-¡Sí! ¡está prohibido! ¡Se lo diré a la señu!
Enric hizo ademán de ir a por él, y el renacuajo de cursos inferiores se esfumó rápidamente. Después subí yo, recordando placenteramente lo divertido que era aquel árbol. ¿Cómo podía ser que estuviese prohibido? El chaval lo había malentendido, sin lugar a dudas.
-¡Eh! ¿Te acuerdas que lo complicado aquí era poder agarrar esta rama?-me miraba con satisfacción Joan, con aquella rama bien sujeta a la altura de su pecho.
-¡Ostia! Que ve una senyoreta amb el enano aquell- dijo Enric desde el suelo. La profesora se acercó.
-No sou una mica grandets ja com per pujar-vos als arbres?
-Estavem recordant vells temps- dije yo.
-Ja, pero ara està prohibit pujar-hi. Així que feu el favor de baixar ara mateix.
-Què va a estar prohibit si hi hem pujat tota la vida! – dijo con indignación Joan desde las alturas, que había alcanzado otro nivel entre las ramas.
-Ja ho heu sentit -dijo con determinación la profesora.
-Però perquè està prohibit? Quin problema hi ha?- Pregunté yo.
-És perillós. Podeu caure – contestó ella con frialdad.
-Bueno… però ja anem amb compte de no caure…
-Que baixeu. Ara són les normes. S’han de complir les normes. I vosaltres com als més grans de l’escola haurieu de donar exemple. Va. Baixeu.

Moralmente abatidos por la incomprensión de aquellas nuevas “normas” que ahora impedían a los niños disfrutar de aquel espléndido árbol, bajamos.
-Que no us torni a veure aquí dalt.- dijo la profesora, y se fue.

Nos miramos los tres intentando comprender, sin demasiado éxito, lo que había sucedido. Aquello no podía ser verdad. ¿Qué nuevas normas eran aquellas? –Podéis caer y haceros daño.- Evidentemente, que podemos caer. Y de hecho caíamos a menudo, con trompazos que desencadenaban las carcajadas de los amigos. Pero nos levantábamos, nos quitábamos el polvo de la ropa, y en unos minutos volvíamos a estar arriba, riendo con ellos. Y entonces teníamos cuidado de no volver a poner el pie en esa parte resbaladiza de la rama, a menos que estuviésemos bien sujetos con las manos. Y pasábamos horas y horas riendo y grimpando entre el follaje de nuestro predilecto árbol.

Publicado el 23/11/2012 en Relatos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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