Apocalypse Now

El fin de semana no había salido tal y como me habría gustado. Era Domingo al mediodía, y todavía notaba los daños colaterales del alcohol que había tomado durante la noche. Ella se había mostrado indiferente ante mí. Aquella no era precisamente la reacción que yo esperaba le hubiese producido la poesía que le había mandado con anterioridad a su correo electrónico. Cabía pero, la posibilidad de que todavía no hubiese abierto el correo. Ella estaba ahora conectada para chatear en la red social, y le abrí un privado.

-Hola, com estàs?
-Bé y tu?
-Bueno.. de ressaca…
-Jaja. Jo també una miqueta…
-Has vist el mail?
-Quin mail?
-Et vaig enviar un correu amb una de les cançons que vaig escriure.
-Ah. Pues no, no l’he mirat.

Esperé a que tuviera tiempo para leerlo.

-Què tal? Què t’ha semblat?
-Bé, está bé…
-Algun consell? Tu tens més experiència que jo escrivint cançons… segur que em pots ajudar…
-Bé, es una mica massa curta.
-Vale. Miraré de completar-la.

Me tomé una ducha, y luego volví a hablar con ella.

-Escolta, havia pensat en mirar una peli ara a casa amb el projector… si vols venir ja saps.
-No no, tinc coses per fer.
-Ok. Després em passaré pel bar a mirar el partit del barça suposo.
-Vale, ens veiem allà.

Miré las pelis que tenía, y me vi con las agallas de mirar Apocalypse Now, la versión extendida del director. Alguna vez había visto trozos que me cautivaron, pero nunca la había visto completa. Y me había comprado el DVD para gozar de ella en la gran pantalla con mi equipo de audio. Era una peli bélica del año 79, el mismo de mi fecha de nacimiento. La década de los setenta supuso una revolución en los teatros de cine, en donde jóvenes directores innovaban tanto en criterios artísticos como en las temáticas. EEUU, cuna de aquella revolución, vivía internamente la contradicción de las políticas belicistas de la cúpula de poder, con la emancipación de la contracultura hippie que ahora usaba el séptimo arte para denunciar aquella absurdidad que fue la guerra del Vietnam. Pero había muchas más cosas en aquella película. Como en las grandes obras de la literatura universal, no solamente explicaba una historia, un juego entre personajes, sino que los personajes eran también un vehículo para hablar de otras cosas. Para hablar de la vida, de política, de psicología. Las imágenes de los helicópteros rociando Napalm por las mañanas de la selva vietnamita, y de los generales haciendo surf entre las bombas se alternaban con largos monólogos de Martin Sheen navegando por el río de la jungla mientras hojeaba el informe de su objetivo a liquidar: un general condecorado con matrículas de honor en la academia de West Point, con un curriculum admirable, que había desertado del ejército americano, y ahora había creado su reino particular en medio de aquella caótica y lamentable guerra. Aquella película desgarraba por dentro cualquier reminiscencia de decencia en la reciente historia de la humanidad. La crudeza de la guerra se alternaba con la locura de los hombres y las mujeres que se habían visto atrapados en ella. Solamente a través de los pensamientos de un asesino de los servicios secretos de la inteligencia militar se podía vislumbrar algunos resquicios de sentido común. Un sentido común que al final prevalece, estableciéndose una comunicación total entre el general rebelde y su verdugo, que deja para el espectador la no fácil tarea de sacar las conclusiones finales.

Todavía aturdido por la que era una de las mejores películas de la Historia del Cine, fui a mi bar habitual para mirar el partido del Barça con mi amigo. Ella estaba en una mesa con sus amigas, y la saludé al pasar por su lado. Después de devolverme el saludo y la sonrisa, se giró, y empezó a jugar con su móvil. De vez en cuando apartaba la mirada de la pantalla de televisión, que se me iba hacia ella. Notaba algo distinto. Algo indescriptible que me gustaba.

El día siguiente era lunes, y fui al trabajo en la Corporación Internacional. Por desazón mía, mi superior me comentó que el martes tenía que desplazarme a Francia a hacer un tipo de trabajo que aborrecía, y  que no era la razón por la que yo había entrado en aquella empresa: vigilar y controlar una instalación provisional de osmotización de agua. La falta de comunicación entre el cliente, una de las acerías más importantes del mundo, y nuestra empresa, causó una infinidad de problemas técnicos que repercutían en una dedicación a tiempo total de los técnicos que estábamos allí. Incluso de noche nos teníamos que desplazar a la planta industrial para solventar las emergencias. Una dedicación total no remunerada por la política de empresa, solventando las consecuencias de una pésima organización del trabajo que recordaba nada más y nada menos que el caos en la planificación de la guerra del Vietnam que hizo desertar al brillante general Marlon Brando en Apocalypse Now. Estuve a punto en varias ocasiones de desertar yo de la Corporación Internacional que me tenía subyugado trabajando 24 horas al día a mil kilómetros de mi casa. Pero tenía un alquiler que pagar, y unos gastos corrientes que sufragar. Y España ya estaba en crisis, y conseguir trabajo no era tan fácil como en cinco años atrás. Tuve dos veces la tentación de dirigirme al aeropuerto de Bruselas para coger el primer vuelo para casa, y me desahogaba gritando por teléfono a mi superior, que tuvo la habilidad de calmarme, y al final pude aguantar los diez días seguidos de mi estancia en la acería. Pero en las noches de guardia con la calefacción de mi coche, canalizaba mi rabia escribiendo canciones, poemas que se hacían solos. Todo mi ser estaba conectado con el papel y el boli, las rimas fluían con fuerza, los conceptos se aparejaban, y bailaban. Maldecía cuando me venían las rimas, y no las podía apuntar porque estaba conduciendo.

Publicado el 20/06/2013 en Economía, Historia, Política, Relatos y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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