Educación

Era viernes al mediodía, y la semana de trabajo en la Central Termosolar de Castilla la Mancha llegaba a su fin. Me despedí con cariño de mis amigos vascos, y cogí el coche para hacer el viaje de vuelta. Decidí parar a comer a medio camino entre Valencia y Castilla, una vez llevaba dos horas conduciendo. Era un hotel restaurante al lado de la autovía A-3. El martes de la semana siguiente era fiesta nacional, por lo que muchos trabajadores elegían librar el lunes, y de esta manera tenían un fin de semana largo de cuatro días para disfrutar con sus familias. Éste era el caso supongo, de la familia que se sentó cuando yo saboreaba mi gazpacho del menú. Padre, madre, tía, y dos niños pequeños.
-¡Quiero comer! ¡Tengo hambre!- Atronó uno de ellos para que toda la sala le oyera. Su madre, al ver que había captado la atención de todos los presentes intentó calmarlo.
-Xssst. Espérate… no ves que tienen que preguntarnos qué queremos, prepararlo…- Dijo, intentando llegar a la comprensión del niño. Pero los procedimientos habituales en los restaurantes parecían no importarle al chaval, que ahora había descubierto lo divertido que era golpear el plato de cerámica blanca con la cuchara.
¡Clinc, clinc!
-¡Tengo hambre!Ante la falta de interés del niño respecto a las anteriores explicaciones de su madre, el padre se tomó ahora su oportunidad. Pero el tono de su voz decía muchas cosas menos decisión y autoridad.
– Estate tranquilo, Juan. Que enseguida traerán la comida. – El niño dejó la cuchara sobre el mantel, y pasó a jugar con el spiderman que tenía su amigo, golpeándolo también contra el plato de cerámica.
¡Clinc, clinc!
El tono de voz de su padre me dejó intuir el porqué aquel niño no sabía qué era comportarse en público, haciendo caso omiso a las amables peticiones paternales. Aquel era un tono de voz monótono, fino, bajo.
-¡Quiero unas bravas!- contrarrestó el niño.
-Y unas bravas también.- Dijo el Padre al camarero, que acababa de anotar el pedido de la mesa.
 
Estaba claro quién mandaba en aquella familia. Una de dos: o el padre tenía un puesto de trabajo simple y monótono como funcionario público, y su rutinaria apatía le había ido quitando el ímpetu y las fuerzas para imponer una educación mínimamente decente a su hijo, o era un hombre de negocios que viajaba mucho, y como que no veía nunca al chaval, la única manera que vislumbró de ganarse su afecto era a base de regalos caros, videoconsolas, y consintiendo cualquier capricho, aunque fuese infinitamente banal. Esto podía funcionar dentro de las paredes de su casa, pero en aquel restaurante, él sabía que estaba haciendo el ridículo ante todos los presentes, que ya lo veían como un pésimo padre. Su mirada de vergüenza hacia mí me lo corroboró.
-¡Tardan mucho! –reclamaba el niño.
-Unas bravas para picar.- Informó el camarero, dejando un plato voluminoso de patatas fritas cubierto de mayonesa. Eso entretuvo un rato al niño, que engullía una brava detrás de otra, mientras seguía jugando con el spiderman y el plato.

Viendo que aquel torbellino no se calmaba con las bravas, en un intento de convencer al público presente que no era tan mal padre, aquél intentó captar la atención de su hijo proponiéndole ejercicios lingüísticos.
-¿Cómo se llama mesa en Valenciano?- El niño pareció olvidar el spiderman por unos momentos, y se puso a pensar.
Taula.- le dijo el padre, viendo que el niño no daba con la palabra.
Taula– repitió el niño, pareciendo interesarse por el juego.
-¿Y cómo se llama cuchillo?
-Mm.. gaabiinet.- dijo el niño.
-Casi, ganivet.- corrigió el adulto, satisfecho de su reciente éxito.

Quizás me había precipitado en mis juicios, y aquel hombre no fuese tan mal padre, después de todo. Me viene a la cabeza por eso, cómo es que yo, siendo catalán y no valenciano, me sabía todas las respuestas. Quité mi atención de mis ruidosos vecinos de comida, y volví mi cabeza hacia el televisor, donde ponían un partido de Rafa Nadal. Rafa cae bien a todo el mundo. El mejor tenista actual, es humilde en sus declaraciones, parece que no se le ha subido la fama a la cabeza. Es un ídolo nacional. Es curioso ver el contraste entre su brazo izquierdo hiperdesarrollado de dar golpes con la raqueta y su derecho enclenque. Supongo que es el resultado de toda una vida dedicada a dar golpes con una raqueta a una pelota amarilla. Pero el tenis me aburre, y vuelvo mi atención a la mesa de la anarquía. Ya no quedaban bravas, cuando el camarero trae los primeros platos. La sopa del niño permanece en el nivel inicial ante el inexorable paso de los minutos. Está claro que ya no tiene hambre. El padre prefirió contentar al niño a enfrentarse con él para hacerle ver que esa actitud es lo que todos ya sabíamos, errónea.

Pero yo ya he terminado mi fricandó de ternera con setas que estaba riquísimo, y después del café me dirijo hacia la barra para pagar. Retomo mi coche, pues tengo todavía cuatro horas de conducción tranquila hacia mi casa. No quiero ni saber en qué problemas se encontrará aquel niño cuando sea mayor. O qué problemas creará a otras personas. El funky-jazz de mi mp3 me ayuda a olvidarlo con celeridad, mientras disfruto del paisaje rural de las bellas colinas de Cuenca que atraviesa la autovía A-3 en dirección a Valencia.

Publicado el 20/05/2013 en Relatos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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