Aventuras de un outsider en el negocio del libro 1

Ya está. Terminé mi primer libro. Horas y horas repasando, atando cabos sueltos en la trama, modificando el estilo de algunas frases, y al final, tengo mi novela. El aislamiento del mundo exterior que necesita el escritor, separarse por unos meses de la vorágine de la sociedad frenética del s.XXI para dejar espacio a la mente creativa y artística, también llegaba a su fin. Ahora tocaba enviar el manuscrito a las editoriales. Mi anterior trabajo no tenía nada que ver con el mundo de los grupos editoriales, así que no sé muy bien por donde empezar. Busco un poco de información en Internet, y doy con que la mejor manera que tengo para mostrar mi obra es enviar un e-mail a las editoriales con una breve presentación. Busco siete editoriales, y les mando el manuscrito pidiendo amablemente su valoración. Pero yo sé que todo se puede mejorar, y aprovecho la espera para realizar otro repaso exhaustivo a mi obra, al mismo tiempo que publico algún que otro capítulo en mi blog para promocionarla, y sigo investigando sobre el misterioso mundo editorial. Descubro entonces que hay la llamada crisis del libro. Resulta ser que las ventas han bajado, muchas librerías han cerrado, y las editoriales pierden dinero a raudales. Leyendo ciertos artículos en Internet, descubro que la culpa es precisamente de las nuevas tecnologías, del libro electrónico, y de la piratería.

Modifico un poco mi libro, añado capítulos, elimino ciertas cosas, y al cabo de unos meses recibo un e-mail de un editor:

Nos parece interesentante su obra, pero no encaja en nuestra linea editorial.

Al cabo de unos días, recibo otro e-mail de una editorial alternativa:

Hemos estado valorando la posibilidad de publicar su obra, pero al final hemos decidido descartarla. Uno de los factores que ha influenciado en nuestra decisión es que usted ha publicado demasiados capítulos en su blog. Esto conlleva un problema con la piratería.

Yo, a medias entre la alegría de que alguien pudiese estar dispuesto a publicar mi obra, y la incomprensión por las razones de su rechazo final, contesto el e-mail educadamente, dando las gracias por haber realizado el esfuerzo de leerla, pidiendo alguna aclaración más al respecto de su decisión. No recibo respuesta. Quien me responde es otra editorial, que me comenta que tiene demasiados libros por leer y que lamentándolo mucho, no va a valorar mi obra. Otra me contesta que tienen cerradas las publicaciones hasta 2016.

Ahora mi novela está repasada y mejorada, y descubro por Internet la posibilidad de la autopublicación. El avance de la tecnología ha permitido abaratar costes en la producción de libros, y encuentro una editorial que me realiza un diseño de la portada, me gestiona los trámites burocráticos que desconozco, y me imprime unos pocos ejemplares, todo a un precio razonable. Ya que decidí escribir, pienso que no está de más realizar una pequeña tirada con lo que queda de mis ahorros para así poder promocionar mi obra. Contrato el servicio con la editorial, y me envían una maquetación del interior para mi valoración. Ante mi sorpresa, me presentan un libro enorme con letras para ciegos y unos márgenes dignos para tomar apuntes. Su propuesta ocupa el doble de páginas de las que yo había calculado, lo que encarece la impresión. Entonces me levanto, agarro uno de mis libros favoritos de Hemingway que tengo en edición de bolsillo, y hago unas pequeñas medidas con una regla. Tomo nota, y envío un correo a la editorial con aquellas medidas. Entonces ellos vuelven a realizar la maquetación interior, me la envían por e-mail, y yo la evalúo. Una sonrisa en mi rostro delata entonces mi satisfacción, y les digo que pa’lante.

En dos semanas recibo en casa los ejemplares que había pedido, y me dispongo a presentar mi obra en las librerías. Hacía tiempo había trabajado de comercial a puerta fría, y no me asusta patearme la calle vendiendo un producto, así que, mando a imprimir unas tarjetas de visita, me corto el pelo, me afeito la barba que llevaban tiempo creciendo descontroladamente, me visto con una camisa, y coloco unos cuantos ejemplares en las librerías del pueblo.

Pero yo pienso a “lo grande”, y decido que mi pueblo es demasiado pequeño. Y la gran urbe cosmopolita de Barcelona se encuentra a tan solo media hora, así que investigo en Internet sobre las librerías que se encuentran en la ciudad para realizar una ruta de promoción. Navego un rato, y doy con la siguiente página de El Periódico.

http://www.timeout.cat/barcelona/ca/botigues/millors-llibreries-culte

Para quien no entienda el catalán, la página da una pequeña explicación de las mejores librerías de culto en la ciudad condal. Navego un poco más, y me encuentro con entrevistas a libreros quejándose por la piratería, crónicas sufridas de los cierres de las librerías míticas, y la explicación de un caso parisino, el de la librería Shakespeare & Company, que abrió sus puertas en el año 1919 apostando por la publicación de autores desconocidos y controvertidos como James Joyce y su Ulises, que en la actualidad es tan solo un punto de parada para el turismo de masas. http://culturadelsoma.com/llibreries-de-barcelona/

Me anoto una cuantas direcciones en una hoja, y decido ir a Barcelona a patearme las llamadas librerías de culto del anterior link.

Entro en +Bernat. Resulta ser que combinan el negocio de los libros con una cafetería, y hay mesas entre los estantes para tomar algo mientras hojeas tus posibles compras. Se ve que ésta puede ser una salida a la crisis del sector, junto al turismo de masas. La encargada es una mujer de unos sesenta años a quien me encuentro amorrada en la pantalla de su ordenador buscando un título a un cliente varón de aproximadamente su edad. Parecen conocerse, y yo decido darme un paseo por la librería. Hay un poco de todo; clásicos, novedades, novela negra, Dan Brown, biografías, libros de bolsillo… ¿por qué será que en todas las librerías hay como mínimo siete libros distintos de un tal Ken Follet bien colocados y visibles? La encargada sigue hablando con su cliente, y yo me acerco un poco.
—¿No tenéis uno que hace una comparación del proceso independentista de la actualidad con lo que se vivió a principios del s.XX? Se ve que son idénticos los dos movimientos —decía el hombre mayor.
—A ver, te lo busco… suerte de los ordenadores, podemos encontrar cualquier libro al momento… esto de la informática es genial. No, todavía no me ha llegado.

Yo ya llevo media hora esperando a que me atiendan, y en un momento de silencio hago un inciso.
—Hola, que he editado un libro, y es por si les interesa ponerlo a la venta —digo con orgullo. La mujer me mira, y luego contesta:
—Sí, un momento.

Su respuesta me da a entender que están dispuestos a tener tratos conmigo, y decido esperar tranquilamente entre los estantes.
—¿Esto es de bolsillo? —Oigo al cliente que pregunta incrédulo a la encargada señalando unos tomos enormes con tapa blanda que difícilmente cabrían en una mochila.
—Sí, esto es de bolsillo —contesta ella.

Siguen hablando los dos sobre las novedades editoriales, y al cabo de veinte minutos, el hombre se despide.
—He traído unos ejemplares del libro, si les parece bien se los puedo dejar en depósito —digo entonces a la encargada. Ella agarra un ejemplar y mira seriamente la portada durante unos segundos.
—Esto no tiene salida.
—¿No vendéis autoeditores?
—No. Luego se quedan los ejemplares por aquí, no sabemos qué hacer con ellos… —Me sorprende el hecho de que no gira ni la portada para leer la pequeña sinopsis de atrás, ni me pregunta nada sobre su contenido. Estaba claro que yo ya no tenía nada más que hacer allí, así que me guardo mi ejemplar dignamente, y doy las gracias a la mujer por su tiempo y amabilidad.
—Pues nada, a vender lo que digan los grupos editoriales. —Ella no responde, y yo salgo de la cafetería.

Tenía otra dirección apuntada de la página de Internet de El Periódico que había estudiado con anterioridad: la librería Laie. Me subo a mi vehículo, y me muevo de l’Eixample Esquerra a l’Eixample Dreta en diez minutos. Cargo unos ejemplares de mi libro en la maleta, y entro en la opulenta librería de Pau Clarís.
—Hola, que tengo un libro editado, y es por si queréis ponerlo a la venta. —Le digo a una chica que se encuentra detrás de un mostrador.
—Es que… la persona que normalmente se ocupa de esto hoy no está…
—¿Qué quiere decir normalmente? Yo dejo los libros en depósito, me firmas el albarán, y ya está. —Le comento resolutivamente.
—A ver, un momento, hago una llamada. —Ella agarra el teléfono, y comenta mi llegada a alguien—. Bueno, puedes pasar, en el fondo del pasillo una persona te atenderá. —Me comenta con timidez.
—De acuerdo, gracias. —Me dirijo hacia donde me han indicado, y me encuentro con un hombre de mediana edad sentado detrás de una mesa y un ordenador.
—Hola, que tengo un libro editado —saco un pack de cuatro ejemplares precintados, y lo dejo encima de la mesa— ¿lo queréis poner a la venta? —Él mira desconfiado el pack y lee la contraportada.
—¿Puedo abrir el precinto?
—Sí, claro. —Él rompe el plástico con una llave, y abre el libro por la primera página mientras mueve la cabeza lentamente hacia los lados. Luego avanza a la mitad del libro, y silenciosamente vuelve a mover la cabeza hacia los lados.
—No te lo puedo coger. La edición es muy mala.
—¿A sí? —Pregunto por curiosidad. Es la primera vez que lo hago con la empresa que me lo ha editado.
—Sí. Esto en nada empiezan a caérsele las hojas. Y los márgenes… no tiene casi márgenes… no puedo vender esto.
—¿Márgenes? Yo tengo libros en casa con estos márgenes. —Él se queda callado unos segundos con expresión de sorpresa.
—Sí… pero esto lo hacían antes… ahora ya no los hacen así. —Sabiendo yo que el formato que había copiado era de una edición del grupo Planeta del año pasado, me doy cuenta en aquel momento que va a ser imposible entablar una conversación mínimamente inteligente con aquel hombre, así que agarro mis ejemplares, le doy las gracias por su tiempo, y me largo de allí.

 

Publicado el 31/07/2014 en Economía, Relatos y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

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