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Prometeo Encadenado

Esquilo era un escritor de tragedias griegas. Una de ellas, Prometeo Encadenado, tiene significaciones esotéricas o místicas sobre las doctrinas secretas o misterios. Hay que decir que en la Grecia antigua eran de lo más normal las iniciaciones místicas en donde había una preparación espiritual, y luego se tomaban un brebaje de una mezcla de cebada fermentada con un hongo que se cree que es el mismo del que se extrae hoy en día el LSD. Prometeo es un titán que es castigado por Zeus al entregar el fuego a los hombres. Zeus encarna el poder del patriarcado, del poder autoritario, de mano dura y de las estructuras jerárquicas o piramidales. Hermes se considera en las doctrinas místicas como el mensajero de los dioses y el que lleva el conocimiento divino que se transmite de forma jerárquica a través de sociedades secretas hasta los pocos humanos elegidos. Prometeo por el contrario es quien roba las artes y el conocimiento y se los entrega a los hombres para que se desarrollen en libertad. Por eso fue castigado atado en una roca, y el águila de Zeus cada mañana le comería el hígado. Pero Prometeo sabía que alguien lo liberaría al cabo de mucho tiempo.

FUERZA: Hemos alcanzado la región extrema de la tierra, el rincón escítico, en un desierto nunca hollado. Hefesto, a ti te concierne cumplir las órdenes que te dio tu padre, en estas abruptas rocas sujetar a este malhechor con grilletes irrompibles y vínculos de acero. Porque robando tu flor, el resplandor del fuego, origen de todas las artes, se la entregó a los hombres. Ha de pagar la pena a los dioses por una falta como ésta, para que aprenda a soportar la tiranía de Zeus y renunciar a sus sentimientos humanitarios.
HEFESTO: Fuerza y Violencia, para vosotros se ha cumplido ya el mandato de Zeus y nada os retiene ya. Pero yo no me atrevo a atar a un dios hermano en esta sima tormentosa. Sin embargo, es incontestablemente necesario tener coraje para ello: es cosa grave no cumplir las palabras de un padre. (A Prometeo.) De Temis, la consejera, hijo de elevados pensamientos, contra tu voluntad y la mía voy a clavarte con indisolubles lazos de bronce a esta roca inhóspita, en donde no verás ni la voz ni la figura de un mortal, sino que quemado por la resplandeciente llama del sol, cambiarás la flor de tu piel; con alegría para ti, la noche con su manto estrellado ocultará la luz y el sol disipará de nuevo la escarcha del alba; pero siempre te abrumará la carga del mal presente, pues todavía no ha nacido tu libertador. Esto has ganado con tus sentimientos humanitarios. Tú, un dios que no te acoquinas ante la cólera de los dioses, has otorgado, más allá de lo justo, unos honores a los mortales; por esto montarás en esta roca una guardia ingrata, de pie, sin dormir ni doblar la rodilla. Lanzarás muchos lamentos y gemidos inútiles, pues el corazón de Zeus es inflexible. Un nuevo señor siempre es duro.
FUERZA: Vamos, ¿por qué te demoras y te apiadas en vano? ¿Por qué no aborreces al dios más odioso de los dioses, que ha, entregado a los mortales tu privilegio?
HEFESTO: El parentesco es muy fuerte, y la amistad.
FUERZA: Lo concedo. Pero desobedecer las palabras de un padre ¿cómo es posible? ¿No temes esto más?
HEFESTO: Tú siempre eres cruel y lleno de audacia.
FUERZA: Ningún remedio proporcionará el llorar por ése; no t3 canses en un trabajo inútil.
HEFESTO: ¡Oh oficio muy odiado por mí!
FUERZA: ¿Por qué lo odias? De los males presentes, ciertamente no tiene culpa alguna tu oficio.
HEFESTO: Sin embargo, ojalá hubiera tocado a otro.
FUERZA: Todo es enojoso, salvo mandar sobre los dioses; porque nadie es libre excepto Zeus.
HEFESTO: Lo sé, y nada puedo responder a esto.
FUERZA: ¿No te apresuras, pues, en rodearle de cadenas, para que el padre no te vea remiso?
HEFESTO: Pueden verse ya en sus manos las manillas.
FUERZA: Cíñeselas a los brazos y con toda tu fuerza golpea con el martillo y clávalo en las rocas.
HEFESTO: El trabajo ya se termina y no en vano.
FUERZA: Golpea más, aprieta, nada dejes flojo; pues es capaz de encontrar alguna salida, incluso de lo impracticable.
HEFESTO: Este codo, al menos, está fijo y es difícil que le suelte.
FUERZA: Ahora clávale en medio del pecho, bien fuerte, la dura mandíbula de una cuña de acero.
HEFESTO: ¡Ay, ay, Prometeo, gimo por tus penas!
FUERZA: ¿Vacilas y lloras por los enemigos de Zeus? Vigila no sea que un día te compadezcas a ti mismo.
HEFESTO: Ves un espectáculo horrible de ver.
FUERZA: Veo que ése tiene lo que merece. Mas échale a los costados las bridas.
HEFESTO: Es mi obligación hacerlo, no me lo mandes con tanta insistencia.
FUERZA: Pues te ordenaré y además te azuzaré. Baja y sujeta sólidamente con anillas sus piernas.
HEFESTO: El trabajo está hecho y sin gran esfuerzo.
FUERZA: Con vigor hunde estas trabas en la carne; pues es severo el que juzgará tu obra.
HEFESTO: Tu lenguaje responde a tu figura.
FUERZA: Ablándate; pero no me reproches mi obstinación y la aspereza de mi carácter.
HEFESTO: Vámonos; tiene una red en torno a sus miembros.
FUERZA: Ahora sé, allá, insolente y despojando a los dioses de sus privilegios, dáselos a los efímeros. ¿Qué alivio son capaces los mortales de llevar a tus penas? Con falso nombre los dioses te llaman Prometeo, pues tú mismo necesitas un previsor para saber de qué manera te librarás de tal artificio.
(Hefesto con Fuerza y Violencia salen.)
PROMETEO: ¡Oh éter divino, y vientos de alas rápidas, y fuentes de los ríos, y sonrisa innumerable de las olas marinas, y Tierra madre universal, y círculo omnividente del Sol; yo os invoco: ved lo que, siendo dios, sufro de los dioses!
Mirad con qué ultrajes desgarrado he de padecer durante un tiempo infinito de años. Tal es la cadena infame que contra mí ha inventado el joven caudillo de los Felices. ¡Ay, ay! Por el sufrimiento, presente y futuro gimo, sin saber cuándo surgirá el fin de estos males.
Pero ¿qué digo? Todo lo que ha de acontecer lo sé bien de antemano y ninguna desgracia imprevista vendrá de nuevo sobre mí. Pero es preciso soportar lo más ligeramente posible la suerte decretada, sabiendo que no hay lucha contra la fuerza de la Necesidad.
Con todo, me es igual de imposible callar o no callar esta desgracia. Porque habiendo proporcionado una dádiva a los mortales estoy uncido al yugo de la necesidad, desdichado. En el tallo de una caña me llevé la caza, el manantial del fuego robado, que es para los mortales maestro de todas artes y gran recurso. De este pecado pago ahora la pena, clavado con cadenas bajo el éter.
¡Ah, ah! ¿Qué ruido, qué aroma invisible ha volado hasta mí? ¿Vienes de un dios, de un mortal o de un semidiós? ¿Ha llegado a este peñasco, en los límites del mundo para contemplar mis penas, o qué quiere? Mirad encadenado a este dios desgraciado Odiado de Zeus, me he enemistado con todos los dioses que frecuentan la corte de Zeus por mi gran amor hacía los hombres. ¡Ay, ay! ¿Qué movimiento de alas escucho cerca de aquí? El aire susurra con ese ligero batir de alas. Todo lo que se aproxima me produce pavor.
(Llega el coro de las Oceánides en un carro alado que se coloca sobre un roquero cercano al que está clavado Prometeo.)
CORO: Nada temas. Amiga es esta tropa que en rápida carrera de alas se ha acercado a este peñasco, consiguiendo persuadir a duras penas el corazón paterno. Veloces las brisas me trajeron.
Pues el eco de los golpes de hierro penetró hasta el fondo de mis cavernas y arrojó de mí el tímido pudor; descalza me lancé en mi carro alado.
PROMETEO: ¡Ay, ay! ¡Ay, ay! Prole de la fecunda Tetis, hijas del padre Océano, que con su curso insomne gira en torno a toda tierra, mirad, contemplad con qué cadenas clavado en la cima rocosa de este precipicio monto una guardia no envidiable.
CORO: Veo, Prometeo; y una tímida niebla llena de lágrimas a mis ojos, cuando contemplo sobre esa roca tu cuerpo que se consume en la ignominia de estos grilletes de acero. Porque nuevos pilotos gobiernan el Olimpo y Zeus, con nuevas leyes, reina arbitrariamente y aniquila ahora los colosos de antes.
PROMETEO: ¡Si al menos me hubiera precipitado bajo tierra, más allá del Hades hospitalario a los muertos, hasta el Tártaro infranqueable, echándome ferozmente en cadenas insolubles, de suerte que ni un dios ni nadie se regocijará de ello! Pero ahora juguete de los vientos, miserable, sufro para escarnio de mis enemigos.
CORO: ¿Cuál de los dioses tiene un corazón tan duro que haga burla de esto? ¿Quién no comparte tus pesares, excepto Zeus? Éste, siempre en su ira, de un alma inflexible, somete la raza celeste, y no cesará hasta que se haya saciado su corazón, o que alguien con alguna artimaña conquiste el mando tan difícil de conquistar.
PROMETEO: Ciertamente, aunque ultrajado en estos brutales grilletes de mis miembros, todavía tendrá necesidad de mí el príncipe de los Felices para enseñarle el nuevo designio que le despojará de su cetro y honores. Y no me ablandará con melifluos sortilegios de la persuasión, ni nunca yo, acoquinado con sus duras amenazas, revelaré este secreto, antes de que me libre de fieras cadenas y consienta en pagar la pena de este ultraje.
CORO: Tú eres osado y en vez de ceder por estos amargos sufrimientos, hablas con demasiada libertad. Un temor penetrante altera mi corazón y me estremezco por la suerte que te espera: dónde debes abordar para contemplar el fin de estos sufrimientos. Pues el hijo de Crono tiene un carácter inaccesible y un corazón inflexible.
PROMETEO: Sé que es severo y que tiene en su poder la justicia; sin embargo, creo que un día será de blando corazón cuando sea sacudido de este modo. Entonces aplacando esta rígida cólera, vendrá presuroso a concertar conmigo alianza y amistad.
CORIFEO: Descríbelo todo y explícanos en qué culpa te ha sorprendido Zeus para ultrajarte de una manera tan infame y cruel. Infórmanos, si no te perjudica el relato.
PROMETEO: Me duele hablar de estas cosas, pero no decir nada es también un dolor; de todos modos, infortunios. Así que los dioses empezaron a enfadarse y se produjo entre ellos la discordia, unos queriendo arrojar a Crono de su trono, para que Zeus desde entonces reinara; otros por el contrario esforzándose para que Zeus no mandara nunca sobre los dioses; entonces yo, que quería persuadir con los mejores consejos a los titanes, hijos de la Tierra y del Cielo, no pude. Despreciando las arteras trazas creyeron, en su brutal presunción, que sin fatiga se harían los dueños por la violencia. Pero, no una sola vez, mi madre, Temis y Tierra, forma única bajo nombres diversos, me había profetizado cómo se cumpliría el futuro: que no por la fuerza ni por la violencia, sino con engaño deberían vencer a los poderosos. Mientras yo les iba explicando estas cosas con mis palabras, no se dignaron ni dirigirme la mirada. Lo mejor en aquellas circunstancias me pareció que era, haciendo caso de mi madre, ponerme al lado de Zeus que recibía de grado a un voluntario. Por mis consejos el antro negro y profundo del Tártaro oculta al antiguo Crono y a sus aliados. Tales son los beneficios que ha recibido de mí el tirano de los dioses y que me ha pagado con esta cruel recompensa.
Sin duda es un achaque inherente a la tiranía no confiar en los amigos.
Ahora, lo que me preguntáis, por qué causa me hiere, os lo aclararé. En cuanto se sentó en el trono paterno, en seguida distribuyó entre los dioses sus privilegios, a cada uno diferentes, y organizó su imperio; pero no se preocupó en absoluto de los míseros mortales, sino que, aniquilando toda la raza, deseaba crear otra nueva. A este proyecto nadie se opuso sólo yo. Yo me atreví; libré a los mortales de ir, destrozados, al Hades. Por eso ahora estoy sufriendo tales sufrimientas, dolorosos de sufrir, lamentables de ver. Por haber tenido ante todo piedad de los mortales, no fui juzgado digno de conseguirla, sino que implacablemente estoy así tratado, espectáculo infamante para Zeus.
CORIFEO: De corazón de hierro y tallado de una piedra, Prometeo, es el que no se indigna contigo por tus penas. Yo, por mi parte, habría deseado no verlas, y ahora que las veo siento un dolor en el corazón.
PROMETEO: Sí, sin duda, para los amigos soy doloroso de ver.
CORIFEO: ¿Fuiste, tal vez, más lejos que esto?
PROMETEO: Sí. Hice que los mortales dejaran de pensar en la muerte antes de tiempo.
CORIFEO: ¿Qué solución hallaste a este mal?
PROMETEO: Albergué en ellos esperanzas ciegas.
CORIFEO: Gran favor otorgaste a los mortales.
PROMETEO: Además de esto, yo les regalé el fuego.
CORIFEO: ¿Y ahora los efímeros tienen el fuego resplandeciente?
PROMETEO: Por él aprenderán muchas artes.
CORIFEO: Por tales culpas Zeus te…
PROMETEO: … me ultraja y no afloja para nada mis males.
CORIFEO: ¿No hay un término fijado a tu prueba?
PROMETEO: No, ninguno, salvo cuando le plazca a él.
CORIFEO: ¿Cuándo le placerá? ¿Hay alguna esperanza? ¿No ves que has delinquido? Pero decir que has delinquido, para mí no es ningún placer y para ti es dolor. Pero dejemos esto y busca algún medio de librarte de esta prueba.
PROMETEO: Es fácil al que tiene el pie fuera de las desgracias aconsejar y amonestar al infortunado. Pero todo esto yo lo sabía. De grado, de grado falté, no lo negaré; ayudando a los mortales yo mismo me he encontrado castigos. Con todo, no creía que con tales penas había de consumirme en unas rocas abruptas, encontrándome en una cima desierta y sin vecinos. Pero ahora, sin lamentaros por estos sufrimientos, bajando a tierra firme, escuchad mi suerte futura, para que lo sepáis todo hasta el fin. Creedme, creedme, compadeced al que ahora sufre: la aflicción vuela sin cesar, y ora se posa en uno, ora en otro.
CORIFEO: Tú urges a una tropa dispuesta a obedecerte, Prometeo. Ahora, dejando con pie ligero este raudo asiento y el éter, ruta sagrada de las aves, me acercaré a este suelo escabroso; porque deseo escuchar hasta el final tus padecimientos.
(Mientras las Oceánides descienden al suelo, aparece Océano en un carro tirado por un caballo alado.)
OCEANO: He llegado al final de un largo viaje en mi recorrido hacia ti, Prometeo, dirigiendo con mi mente, sin bridas, este ave de alas veloces. De tus desgracias, sábelo, me compadezco. El parentesco, creo, me obliga, y, aparte la sangre, no hay a quien diera parte mayor que a ti. Conocerás que digo la verdad y que no se halla en mí adular en vano. Venga, pues, dime en qué he de ayudarte; porque nunca dirás que tienes un amigo más seguro que Océano.
PROMETEO: ¡Ea!, ¿qué es esto? ¿También tú vienes a ser testigo de mis males? ¿Cómo te atreviste, dejando la corriente que lleva tu nombre y las roqueras grutas naturales, llegar a la tierra madre del hierro? ¿O has venido para contemplar mi suerte e indignarte con mis males? Mira este espectáculo: yo, el amigo de Zeus, que le ayudé a establecer su tiranía, con qué sufrimientos soy abatido por él.
OCÉANO: Lo veo, Prometeo, y quiero aconsejarte lo mejor, aunque eres listo. Conócete a ti mismo y adopta nuevas actitudes, pues también hay un nuevo tirano entre los dioses. Pero si lanzas palabras tan duras y aceradas, quizá te oiga Zeus que está sentado mucho más alto que tú, y el enojo de estos males presentes te parezca un juego. Así, desgraciado, deja este afán y busca la liberación de estos males. Tal vez te parecerá que digo cosas viejas; sin embargo, tal es, Prometeo, el salario de una lengua demasiado altiva. Tú todavía no eres humilde ni cedes a los males, y a los presentes quieres añadir otros. Tómame, pues, por maestro y no estires tu pierna contra el aguijón, viendo que ahora reina un monarca duro y sin que tenga que rendir cuentas. Ahora me marcho e intentaré, si puedo, librarte de estas penas; tú tranquilízate y no hables con demasiado insolencia. ¿O no sabes siendo en rigor tan sabio, que se castiga a una lengua disparatada?
PROMETEO: Te envidio porque te encuentras fuera de culpa aunque participaste en todo y te asociaste a mi osadía. Ahora déjalo y no te preocupes. De todos modos no le convencerás; no es fácil de convencer. Y vigila que no te perjudiques en este camino.
OCÉANO: Eres mucho mejor para inspirar prudencia al prójimo que a ti mismo; juzga por hechos, no por palabras. Pero en mi afán, no me retengas. Porque me ufano, sí, me ufano de que Zeus me concederá la gracia de librarte de estos males.
PROMETEO: Te alabo por tu solicitud y no cesaré de hacerlo; en buena voluntad nada descuidas. Pero no te esfuerces: trabajarás en vano, sin provecho para mí, si es que quieres hacerlo. Permanece tranquilo y mantente apartado. Porque yo, si soy desgraciado, no por esto quisiera que a los más alcanzaran las desgracias. No, en verdad, pues ya me consume la suerte de mi hermano, Atlas, que en las regiones de occidente, de pie, sostiene en sus espaldas la columna del cielo y de la tierra, peso no fácil para el brazo. También he compadecido, al verle, al hijo de la Tierra, habitante de las cuevas cilicias, gran gigante de cien cabezas, domado por la fuerza, el impetuoso Tifón. Se enfrentó a todos los dioses, silbando miedo de sus atroces fauces; de sus ojos brillaba horrible esplendor, como si fuera a aniquilar violentamente la tiranía de Zeus. Pero le alcanzó el dardo que no duerme de Zeus, el rayo que desciende respirando fuego y le derrotó de sus altivas fanfarronadas. Pues herido en el mismo corazón, quedó reducido a cenizas y su fuerza disipada por el rayo. Y ahora, cuerpo inútil y arrinconado, yace cerca del estrecho marino, oprimido bajo las raíces del Etna, mientras Hefesto, instalado en las altas cimas, forja el hierro ardiente. De allí un día irrumpirán torrentes de fuego que con feroces fauces devorarán las vastas llanuras de la fecunda Sicilia. Tal ira exhalará Tifón con los ardientes dardos de una insaciable tormenta de fuego, aunque carbonizado por el rayo de Zeus. Pero tú no eres inexperto y no me necesitas como guía; sálvate, como sabes. Yo apuraré este mi destino hasta que Zeus aplaque su ira.
OCÉANO: ¿No sabes esto, Prometeo, que las palabras son médicos de la enfermedad de la cólera?
PROMETEO: Sí, si uno ablanda el corazón en el momento preciso, y no reduce por la fuerza una pasión virulenta.
OCÉANO: Pero, si uno muestra solícito esfuerzo y valor para la acción, ¿qué daño ves tú que haya en ello?
PROMETEO: Trabajo inútil y simplicidad irreflexiva.
OCÉANO: Déjame que sufra esta enfermedad; pues es provechoso
parecer insensato cuando uno es cuerdo.
PROMETEO: Esta falta más bien parecerá la mía.
OCÉANO: Sin duda tus palabras me envían de nuevo a casa.
PROMETEO: Temo que tu lamento por mí te lance a una enemistad.
OCÉANO: ¿Con el que acaba de sentarse en un todopoderoso asiento?
PROMETEO: Vigila que no se altere tu corazón.
OCÉANO: Tu infortunio, Prometeo, es maestro.
PROMETEO: Vete, aléjate, salva tu actual buen sentido.
OCÉANO: Cuando ya me iba, me molestaban tus palabras. Pues mi cuadrúpeda ave acaricia ya con sus alas el dilatado camino del éter y gozoso doblará la rodilla en su establo.
(Océano se marcha en su monstruo alado. Tras un silencio, las Oceánides aparecen sobre de una roca y cantan lo siguiente.)
CORO: Lloro por tu fatal destino, Prometeo; y vertiendo de mis delicados ojos una corriente de lágrimas mojo mi mejilla con húmedas fuentes. Hostilmente gobernando con leyes propias Zeus manifiesta a los dioses de antaño su lanza soberbia.
Ya todo este país ha lanzado un grito lastimero; sus pueblos lloran por la grandeza y el antiguo prestigio tuyo y de tus hermanos, y todos cuantos mortales habitan la tierra vecina de la sagrada Asia, ante el gran gemido de tus penas sufren con tigo.
Y las vírgenes que habitan en la tierra cólquide, valientes luchadoras, y la turba de Escitia, que ocupa el lugar más remoto de la tierra alrededor del lago Meótico.
Y la flor guerrera de Arabia, los que viven una ciudadela escarpada cerca del Cáucaso, hostil ejército que brama en lanzas de acerada proa.
Sólo antes otro dios titán he visto sufrir, vencido en la ignominia de unos lazos de acero, Atlas, que llevando siempre en la espalda, fuerza inflexible, la tierra y la bóveda celeste, gime.
La ola marina cayendo ola sobre ola brama, llora el abismo, el tenebroso Hades en las profundidades de la tierra ruge, y las fuentes de los sagrados ríos exhalan su dolor quejumbroso.
PROMETEO: (Tras de un largo silencio.) No penséis que callo por arrogancia o altanería; pero un pensamiento me devora el corazón al verme así tan vilipendiado. En verdad, a estos dioses nuevos, ¿qué otro si no yo les repartió exactamente sus privilegios? Pero sobre esto callo; pues sabéis lo que podría deciros. Escuchad, en cambio, los males de los hombres, cómo de niños que eran antes he hecho unos seres inteligentes, dotados de razón. Os lo diré, no para censurar a los hombres, sino para mostraros la buena voluntad de mis dones. Al principio, miraban sin ver y escuchaban sin oír, y semejantes a las formas de los sueños en su larga vida todo lo mezclaban al azar. No conocían las casas de ladrillos secados al sol, ni el trabajo de la madera; soterrados vivían como ágiles hormigas en el fondo de antros sin sol. No tenían signo alguno seguro ni del invierno, ni de la floreciente primavera ni del estío fructuoso, sino que todo lo hacían sin razón, hasta que yo les enseñé los ortos y ocasos de los astros, difíciles de conocer. Después descubrí también para ellos la ciencia del número, la más excelsa de todas, y las uniones de las letras, memoria de todo, laboriosa madre de las Musas. Y el primero até bajo el yugo a las bestias esclavizadas a las gamellas y a las albardas, a fin de que tomaran el lugar de los mortales en las fatigas mayores, y llevé bajo el carro a los caballos, dóciles a las riendas, orgullo del fasto opulento. Sólo yo inventé el vehículo de los marinos, que surca el mar con sus alas de lino. Y, mísero de mí, yo que he encontrado estos artificios para los mortales, no tengo artimaña que pueda librarme de la actual desgracia.
CORIFEO. Padeces un castigo indigno; privado de razón divagas, y como un mal médico que a su vez ha enfermado, te desanimas y no puedes encontrar para ti mismo los remedios curativos.
PROMETEO. Escucha el resto y te sorprenderás más: las artes y recursos que ideé. Lo más importante: si uno caía enfermo, no había ninguna defensa, ni alimento, ni unción, ni pócima, sino que faltos de medicinas morían, hasta que les enseñé las mezclas de remedios clementes con los que ahuyentan todas las enfermedades. Clasifiqué muchos procedimientos de adivinación y fui el primero en distinguir lo que de los sueños ha de suceder en la vigilia, y les di a conocer los sonidos de oscuro presagio y los encuentros del camino. Determiné exactamente el vuelo de las aves rapaces, los que son naturalmente favorables y los siniestros, los hábitos de cada especie, los odios y amores mutuos, sus compañías; la lisura de las entrañas y qué color necesitan para agradar a los dioses, y los matices favorables de la bilis y del lóbulo del hígado. Haciendo quemar los miembros cubiertos de grasa y el largo lomo, encaminé a los mortales a un arte difícil de entender y revelé los signos de la llama que antes eran oscuros. Tal es mi obra. Y los recursos escondidos a los hombres debajo de la tierra, bronce, hierro, plata, oro, ¿quién podría preciarse de haberlos descubierto antes que yo? Nadie, lo sé bien, a menos que quiera hablar en vano. En una palabra, sabe todo a la vez: todas las artes para los mortales proceden de Prometeo.
CORIFEO: No ayudes a los mortales más allá de lo necesario y descuides tu propia desgracia. Yo tengo buena esperanza de que un día, liberado de estas cadenas, no tendrás un poder inferior a Zeus.
PROMETEO: No tiene decretado todavía que esto se cumpla, la Moira que todo lo lleva a término; cuando estaré encorvado por mil dolores y desgracias, entonces escaparé de estas cadenas. El arte es con mucho más débil que la Necesidad.
CORIFEO: ¿Y quién es el timonero de la Necesidad?
PROMETEO. Las Moiras de tres formas y las memoriosas Erinis.
CORIFEO: ¿Zeus, pues, es más débil que ellas?
PROMETEO: No puede, por lo menos, escapar a su destino.
CORIFEO: ¿Y cuál es el destino de Zeus sino reinar por siempre?
PROMETEO: Sobre esto no preguntes más, no insistas.
CORIFEO: Es, sin duda, un augusto secreto lo que ocultas.
PROMETEO: Hablad de otra cosa; no es el momento de revelar este secreto, sino de esconderlo lo más posible; pues guardándolo oculto, escaparé de estas cadenas humillantes y de estos sufrimientos.
CORO: Que nunca el que todo lo gobierna, que nunca Zeus coloque enfrente de mi voluntad su fuerza, que jamás me tarde en acercarme a los dioses con sagrados festines de hecatombes junto al curso inagotable del Padre Océano, ni los ofenda con mis palabras. Antes permanezca firme en mí este propósito y no se borre jamás.
Es dulce pasar una larga vida en confiadas esperanzas alimentando el corazón de deleites radiosos. Pero me estremezco cuando te veo desgarrado por tantos sufrimientos. Pues sin temer a Zeus, por propio criterio honras en exceso a los mortales, Prometeo.
Vamos, amigo, dime, ¿qué favor te aporta tu favor? ¿Dónde está la defensa, la ayuda de los efímeros? ¿No has visto la impotencia reducida, igual al sueño, que encadena la ciega raza humana? Nunca la voluntad de los mortales conculcará el orden establecido por Zeus.
Esto he aprendido observando tu funesto destino, Prometeo. Y un canto bien diferente ha volado hacia mí, el canto de himeneo que un día en torno a tu baño y a tu lecho de bodas entoné, cuando, persuadida por tus presentes, llevaste a nuestra hermana Hesíone a compartir contigo el lecho como esposa.
(Entra Io teniendo en su frente dos cuernos de vaca. Tras sus primeras palabras se siente de nuevo sacudida por el aguijón del tábano.)
IO: ¿Qué tierra es ésta? ¿Qué raza? ¿A quién diré que miro atormentada con pétrea brida? ¿Qué falta expiras tú en esta agonía? Dime a qué parte de la tierra he llegado, mísera, en mi extravío.
¡Ay, ay! ¡Ah, ah! Vuelve nuevamente a picarme, desgraciada, un tábano, fantasma de Argos, hijo de la Tierra. Apártalo, Tierra, porque tiemblo al ver al boyero de mil ojos. Camina con su pérfida mirada. Ni muerto la tierra lo oculta, sino que saliendo de las sombras a mí, infortunada, me da caza y me hace errar, afamada, por los arenales de la playa.
Detrás de mí, la sonora caña encerada deja oír la canción que duerme. ¡Ay, ay, dioses!
¿A qué lejanas tierras me llevan estas carreras errantes? ¿En qué falta, hijo de Crono, en qué falta me has sorprendido para haberme uncido en estos tormentos, ¡ay, ay!, y extenuar así a una desgraciada alocada por el temor del tábano que la persigue? Abrásame en el fuego, escóndeme bajo tierra, dame por alimento a los monstruos marinos. No rechaces mis ruegos, Señor. Mis carreras infinitas me han sobradamente ejercitado, ni puedo saber cómo escapar a los padecimientos. ¿Oyes la voz de la cornígera doncella?
PROMETEO: ¿Cómo no oír a la muchacha hostigada por el tábano, a la hija de Inaco, que abrasa de amor el corazón de Zeus y ahora, odiada de Hera, se ejercita por fuerza en esas infinitas carreras?
IO: ¿De dónde viene que has pronunciado el nombre de mi padre? Responde a la infortunada: ¿quién eres tú, miserable, que a esta desgraciada saludas en términos tan verídicos y nombraste el mal de divina procedencia que me consume al morderme con aguijones vagabundos?
Empujada con violencia por el hambriento ultraje de mis saltos, he llegado víctima del airado designio de Hera. ¿Cuál de los desgraciados sufre, ¡ay, ay!, como yo? Pero dime con claridad lo que voy a padecer. ¿Qué expediente, qué remedio hay de mi mal? Enseñamelo, si lo sabes. Habla, da a conocer esto a la pobre virgen errante.
PROMETEO: Te diré claramente todo lo que quieras saber, no entretejiendo enigmas, sino en lenguaje simple, como es justo abrir la boca a amigos. Estás viendo al dador del fuego a los mortales. Prometeo.
IO: Oh tú que te mostraste tan beneficioso a la comunidad de los mortales, paciente Prometeo, ¿por qué razón sufres esto?
PROMETEO: Acabo justamente de quejarme por mis trabajos.
IO: Entonces, ¿no vas a otorgarme ese favor?
PROMETEO: Di qué pides: de mí puedes saberlo todo.
IO: Indica quién te ató en esa roca escarpada.
PROMETEO: La decisión de Zeus, pero la mano de Hefesto.
IO: ¿Y de qué faltas pagas tú la pena?
PROMETEO: Basta que te haya manifestado sólo esto.
IO: Muéstrame, además, el fin de mi viaje y cuál será este día para mí, la desdichada.
PROMETEO: No conocerlo es mejor para ti que conocerlo.
IO: No me escondas lo que he de padecer.
PROMETEO: No te rehúso ese favor.
IO: Entonces, ¿por qué tardas en proclamarlo todo?
PROMETEO: No hay malquerencia, pero dudo en turbar tu alma.
IO: No te preocupes más por mí, pues me es dulce.
PROMETEO: Ya que lo deseas, debo hablar; escucha, pues.
CORIFEO: No, todavía no; dame también a mí una parte de satisfacción. Sepamos primero la enfermedad de ésta, que nos diga ella misma sus funestos infortunios. De ti aprenda después los restantes trabajos.
PROMETEO: Trabajo tuyo es, Io, de complacerles con esta dádiva, máxime cuando son hermanas de tu padre; pues llorar y lamentar las desgracias cuando se ha de obtener una lágrima de los que escucha, merece el esfuerzo realizado.
IO: No sé cómo podría negarme a vosotras: en términos claros sabréis todo lo que pedís; sin embargo, me da vergüenza contaros cómo la tempestad suscitada por un dios y causa de mis metamorfosis se ha abatido sobre mí, mísera.
Sin cesar visiones nocturnas visitaban mi alcoba virginal y me exhortaban con dulces palabras: «Oh muy feliz muchacha, ¿por qué permanecer tan largo tiempo virgen, cuando puedes alcanzar la boda más excelsa? Porque Zeus está inflamado por ti con el dardo del deseo y anhela compartir contigo los placeres de Cipris. Tú, niña, no rechaces el lecho de Zeus; marcha hacia la pradera ubérrima de Lerna, a los rediles y boyeras de tu padre, para que el ojo de Zeus cese en su deseo.» Tales eran los sueños que todas las noches me sobresaltaban, mísera, hasta que osé revelar a mi padre los sueños nocturnos. Entonces a Pito y a Dodona despachó frecuentes mensajeros para saber qué debía emprender o decir que fuera agradable a los dioses. Pero ellos regresaban refiriendo unos oráculos equívocos, oscuros, difíciles de interpretar. Por último, una respuesta nítida llegó a Inaco, que claramente le recomendaba y anunciaba que me arrojara de la casa y de la patria, para errar en libertad hasta los últimos confines de la tierra, si no quería que viniera el rayo inflamado de Zeus que destruiría todo su linaje. Obediente a estos oráculos de Loxias, mi padre me desterró y cerró su casa, a pesar suyo y mío: pero el freno de Zeus le obligaba a obrar así con violencia. Al punto mi forma y mi espíritu se alteraron y cornuda, como veis, y mordida por el tábano de acerado aguijón, me precipito, de un salto benéfico, hacia la corriente salutífera de Cernea y a la fuente de Lerna. Un boyero, hijo de la Tierra, de intemperados humos, me seguía con sus innumerables ojos fijos en mis pasos. Un destino imprevisto le privó de repente el vivir, y yo, desgarrada por el tábano, corro de país en país bajo el látigo divino. Ya sabes lo sucedido; y si puedes decirme qué penas me faltan, dímelo; no intentes, por compasión, tranquilizarme con relatos falsos; pues digo que no hay enfermedad más vergonzosa que las palabras compuestas.
CORO: Deja, deja, calla. ¡Ay! Nunca, nunca pensé que unas palabras tan extrañas llegaran a mis oídos, que unos sufrimientos, unas miserias, unos espantos, tan penosos de ver, tan penosos de sufrir, helaran mi alma con aguijón de doble filo. ¡Ay, destino, destino, me estremezco al contemplar la suerte de Io!
PROMETEO: Demasiado pronto gimes y llena estás de temor; aguarda hasta que sepas el resto.
CORIFEO: Habla, explícate: es dulce a los enfermos conocer exactamente de antemano el dolor que les falta.
PROMETEO: La anterior petición la lograsteis fácilmente gracias a mí; deseabais primero saber por ella misma el relato de su desgracia; ahora oír lo que queda, qué sufrimientos ha de padecer esta joven por orden de Hera. Y tú, semilla de Inaco, guarda mis palabras en tu corazón, si quieres conocer el final de tu camino.
Primero, partiendo de aquí, vuélvete hacia el sol saliente y dirígete hacia los campos sin arar. Llegarás a los escitas nómadas que habitan chozas de mimbre trenzado sobre carros de hermosas ruedas y que llevan colgados arcos de largo alcance. No te aproximes a ellos, sino que, poniendo el pie en los acantilados en donde resuena el mar, atraviesa el país. A mano izquierda viven los que trabajan el hierro, los cálibes: guárdate de ellos, pues son feroces, inaccesibles a los extranjeros. Llegarás al río Hibristes, de nombre verídico; no lo atravieses, no es fácil de cruzar antes que alcances el mismo Cáucaso, el más alto de los montes, donde este río impetuoso brota de sus sienes. Debes pasar por encima de sus cumbres vecinas de los astros, para tomar el camino que lleva al mediodía, en donde hallarás a la hueste de las amazonas enemigas de los hombres, que un día fundarán Temiscira en torno al Termodonte, allí donde está Salmideso, mandíbula áspera del Ponto, huésped cruel a los marinos, madrastra de las naves; ellas te guiarán muy gustosamente. Entonces llegarás junto a las mismas puertas estrechas del lago, al ; istmo de Cimería, el cual con corazón intrépido debes dejarlo y atravesar el estrecho Meótico. Entre los mortales siempre vivirá el glorioso relato de tu paso y Bósforo recibirá de sobrenombre. Dejando el suelo de Europa, llegarás al continente asiático. ¿No os parece que el tirano de los dioses es en todo igualmente violento? Deseando, dios como es, unirse a esta mortal lanzó contra ella este destino errante. ¡Amargo pretendiente de tu boda has encontrado, doncella! Pues el relato que acabas de oír, piensa que todavía no es ni siquiera el preludio.
IO: ¡Ay, ay de mí! ¡Ah, ah!
PROMETEO: De nuevo gritas y suspiras; ¿qué harás, pues, cuando sepas los sufrimientos que te restan?
CORIFEO: ¿Tienes todavía otros sufrimientos para decirle?
PROMETEO: Sí, un mar tempestuoso de fatal calamidad.
IO: ¿Qué gano, entonces, con vivir? ¿Por qué no al instante me arrojo de esta roca escarpada, para que, aplastándome en el suelo, me libere de todos estos males? Mejor es morir de una vez que sufrir miserablemente todos los días.
PROMETEO: Difícilmente, entonces, podrías soportar mis pruebas. Yo no tengo destinado morir, pues la muerte sería una liberación de mis dolores. Pero ahora no hay término fijado a mis trabajos, hasta que Zeus caiga de su trono.
IO: ¿Es posible que un día caiga Zeus de su poder?
PROMETEO: Tú te alegrarías, creo, de ver este suceso.
IO: ¿Y cómo no, si es por Zeus que sufro tan desgraciadamente?
PROMETEO: Que esto será así, puedes estar segura.
IO: ¿Quién lo despojará de su cetro tiránico?
PROMETEO: Él mismo y sus insensatos planes.
IO: ¿De qué manera? Dímelo, si no hay daño en ello.
PROMETEO: Contraerá una boda de la que un día se arrepentirá.
IO: ¿Con una diosa o con una mortal? Dímelo, si se puede.
PROMETEO: ¿Por qué con quién? No está permitido decirlo.
IO: ¿Acaso será derribado de su trono por su esposa?
PROMETEO: Ella tendrá un hijo más fuerte que su padre.
IO: ¿Y no tiene ningún medio de apartar este infortunio?
PROMETEO: No ciertamente, salvo yo desatado de estas cadenas.
IO: ¿Y quién te desatará sin el permiso de Zeus?
PROMETEO: Debe ser uno de tus descendientes.
IO: ¿Cómo dijiste? ¿Un hijo mío te librará de estos males?
PROMETEO: Sí, el tercer linaje después de diez generaciones más.
IO: No es fácil de comprender esta profecía.
PROMETEO: Tampoco busques conocer a fondo tus padecimientos.
IO: No me ofrezcas un bien para después quitármelo.
PROMETEO: De dos presentes, te concederé uno.
IO: ¿Cuáles? Muéstramelos y dame a elegir.
PROMETEO: Te lo concedo, elige: o te diré claramente tus males o el que me liberará.
CORIFEO: De estas dádivas concede una a ésta y otra a mí, y no desprecies mis palabras. A ella cuenta lo que le falta por correr y a mí tu libertador. Pues esto es lo que deseo.
PROMETEO: Puesto que éste es vuestro deseo, no me negaré a narrar todo cuanto deseáis. A ti, primero, Io, revelaré tu agitada carrera; grábala en las fieles tablillas de tu memoria.
Cuando hayas atravesado la corriente, frontera de los dos continentes, sigue adelante hacia los encendidos levantes pisados por el sol, cruzando el mugiente mar, hasta que alcances la llanura gorgónea de Cístenes, donde viven las Fórcides, tres viejas doncellas de figura de cisne, que tienen un ojo común, un solo diente, y a las que nunca mira el sol con sus rayos ni la nocturna luna. Cerca de ellas se hallan tres hermanas aladas con cabellera de serpientes, las Gorgonas, aborrecidas de los hombres, a las que ningún mortal puede ver sin expirar. Tal es la advertencia que te hago. Pero escucha otro peligroso espectáculo: guárdate de los perros mudos de Zeus, de dientes afilados, los grifos y del ejército Arimaspo, gente de un solo ojo, montada a caballo, que vive junto a las aguas del aurífero río Plutón: tú no te acerques a ellos. Entonces llegarás a una tierra lejana, un pueblo de tez oscura, establecido junto a las fuentes del sol, donde está el río Etíope. Baja por las riberas de éste hasta que llegues a la catarata, en donde de los montes Biblinos Nilo vierte sus aguas augustas y saludables. Éste te conducirá hasta el país triangular nilótico, donde el destino os reserva, lo, a ti y a tus hijos, fundar una gran colonia. Sí algo de esto es confuso y difícil de comprender, pregunta de nuevo y entérate con precisión. Dispongo de más tiempo del que quiero.
CORIFEO: Si tienes algo nuevo u olvidado que contar de su fatigosa carrera, dilo; pero si lo has dicho todo, concédenos ahora el favor que pedimos. Lo recuerdas, sin duda.
PROMETEO: Ésta ha oído enteramente el final de su viaje. Pero, porque sepa que no vanamente me escucha, le diré qué trabajos bajos ha sufrido antes de venir aquí, dándole con ello la prueba de mi relato. Con todo omitiré la mayor parte de las fatigas e iré al término mismo de tus viajes.
En cuanto llegaste a las llanuras de los morosos y al escarpado dorso de Dodona, donde está el profético asiento de Zeus Tesproto con el prodigio increíble de las encinas que hablan, las cuales te saludaron claramente y sin enigmas como la que había de ser la ilustre esposa de Zeus -¿te halaga algo de esto?-, te lanzaste, punzada por tábano, por el camino de la costa hasta el gran golfo de Real, de donde la tormenta vuelve a traer aquí tus cursos errantes. Pero con el tiempo este golfo marino, sábelo bien, será llamado Jonio, recuerdo para todos los mortales de tu paso. Ésta es la prueba de que mi mente ve más de lo que es manifiesto.
Lo demás os lo relataré a la vez a vosotras y a ésta, volviendo sobre la huella de mi anterior relato. Hay una ciudad, Cánobo, en el extremo del país, junto a la misma boca y alfaque del Nilo; allí Zeus, imponiéndote su mano serena, al simple contacto, te vuelve el juicio; y darás a luz un hijo, cuyo nombre recordará que hizo nacer Zeus, el negro Épafo, que recogerá el fruto de todo el país que riega el Nilo de ancha corriente. La quinta generación después de él, formada por cincuenta doncellas, volverá de nuevo a Argos no de buen grado, huyendo de unas bodas consanguíneas con sus primos; éstos, en el frenesí de su deseo, halcones que van a la caza de palomas, vendrán también dando caza a unas bodas prohibidas. Mas un dios les negará lo que desean, y el país pelasgo los recibirá, vencidos por los golpes de un Ares femenino con una audacia que vela en la noche; pues cada esposa quitará la vida a su esposo tiñendo en el degüello una espada de doble filo. ¡Tal venga Cipris a mis enemigos! A una sola de las muchachas el encanto del amor no le deja dar muerte al compañero de lecho, sino que será ablandada en su resolución; de dos cosas preferirá una, ser llamada cobarde antes que asesina. Y ésta, en Argos; dará a luz a un real linaje. Sería necesario un largo discurso para exponerlo claramente; sabed, al menos, que de esta siembra nacerá el hombre valiente, famoso por su arco, que me librará de estos tormentos. Tal es el oráculo que me contó mi madre, la titánide Temis, de antiguo nacida. Mas, cómo y de qué manera, se necesita mucho tiempo para decirlo, y tú no ganarías nada con saberlo.
IO: ¡Ah, ah! Una convulsión, un delirio que turba mi mente, vuelven a abrasarme; el dardo sin forjar del tábano me hiere; mi corazón horrorizado palpita en mi pecho; mis ojos giran en sus órbitas. Arrastrada fuera del camino por un viento furioso de locura no gobierno mi lengua, y confusos pensamientos chocan al azar contra las olas de odiosa Ate.
(Io sale apresuradamente.)
CORO: Sabio, sí, sabio era el primero que concibió en su espíritu y formuló con la lengua que casarse según su rango es con mucho lo mejor, y cuando se es artesano no ambicionar unas bodas con gente enervada por las riquezas o envanecida por el linaje.
¡Ojalá que nunca, nunca, oh Moiras inmortales, me veáis aproximarme como esposa al lecho de Zeus, ni conseguir por marido a alguien de los dioses! Pues me estremezco al ver la doncella Io, hostil al varón, consumirse, gracias a Hera, en la fatigosa carrera de sufrimientos.
A mí, una boda con un igual, no me asusta. Lo que temo es que el amor de dioses poderosos me mire con su ojo inevitable. Pues es una guerra contra la cual no es posible la guerra, sin más esperanza que la desesperanza, y no sé qué sería de mí. Porque no veo cómo podría escapar a la voluntad de Zeus.
PROMETEO: En verdad, todavía Zeus, por altivo que sea de corazón, será humilde, según la boda que se dispone a contraer, que lo arrojará aniquilado de su tiranía y de su trono. Entonces se cumplirá del todo la maldición de su padre Crono, que pronunció al caer de su antiguo trono. De estos trabajos, ningún dios, salvo yo, podría mostrarle claramente la solución. Yo lo sé y de qué forma. Después de esto, que esté sentado, animoso y confiado en los ruidos con que llena los aires, blandiendo en sus manos un dardo flamígero. Nada de esto le bastará para no caer ignominiosamente con una caída intolerable: tal es el adversario que se está preparando contra sí mismo, prodigio invencible, que encontrará una llama más poderosa que el rayo y un ruido más ensordecedor que el trueno; y dispersará el azote marino que sacude la tierra, el tridente, lanza de Posidón. Cuando choque con este mal, aprenderá qué diferencia hay entre mandar y ser esclavo.
CORIFEO: Tú rechazas, según tus deseos, a Zeus.
PROMETEO: Digo lo que se cumplirá y además lo que deseo.
CORIFEO: ¿Hay que esperar a que alguien mande sobre Zeus?
PROMETEO: Y tendrá que soportar fatigas más pesadas que las mías.
CORIFEO: ¿Cómo no tienes miedo de lanzar palabras como éstas?
PROMETEO: ¿Y qué puede temer aquel que está decretado que no muera?
CORIFEO: Puede enviarte una prueba más dolorosa que ésta.
PROMETEO: Que lo haga: todo lo espero.
CORIFEO: Sabios son los que se inclinan ante Adrastea.
PROMETEO: Adora, implora, adula al poderoso del momento; a mí me importa Zeus menos que nada. Que haga, que mande como quiera durante este corto período; pues no reinará mucho tiempo sobre los dioses.
Pero veo a ese correo de Zeus, al servidor del nuevo tirano; seguramente viene a comunicar algo nuevo.
(Llega Hermes conduciendo por sus sandalias aladas.)
HERMES: A ti, el diestro, sumamente mordaz, que ofendiste a los dioses, pasando a los efímeros sus privilegios, ladrón del fuego, a ti te lo digo: el padre te manda decir qué bodas son ésas de que tanto alardeas por las cuales él caerá de su trono. Y esta vez explícate sin enigmas y cada cosa por separado. No me obligues, Prometeo, a un doble viaje, porque ya ves que Zeus no se ablanda con tus procedimientos.
PROMETEO: He aquí un discurso solemne y lleno de arrogancia, como de un criado de los dioses. Sois jóvenes y ejercéis un poder joven, y creéis que habitáis una fortaleza inaccesible a los dolores. Pero ¿no he visto ya a dos soberanos caídos de estas alturas? Y al tercero, al que ahora señorea, lo veré con más ignominia y rapidez. ¿Acaso te parezco tener miedo y agazaparme delante de los dioses jóvenes? Mucho, más bien todo, me falta para ello. Y tú regresa de nuevo por el camino que seguiste, pues no sabrás nada de lo que intentas averiguar de mí.
HERMES: Sin embargo, con estas arrogancias de antaño has venido a anclar en estos males.
PROMETEO: No cambiaría, sábelo bien, mi desgracia por tu servil condición. Es mejor, creo, estar esclavizado a esta roca que ser el fiel mensajero del padre Zeus. Es así que a los ultrajes hay que corresponder con ultrajes.
HERMES: Pareces envanecerse de tu actual situación.
PROMETEO: ¿Yo envanecerme? Así viera yo envanecidos a mis enemigos. Y a ti te cuento entre ellos.
HERMES: ¿También a mí me acusas, de tus desgracias?
PROMETEO: En una palabra, odio a todos los dioses que habiendo recibido beneficios de mí me tratan inicuamente.
HERMES: Comprendo que deliras de una gran enfermedad maligna.
PROMETEO: Estoy enfermizo si enfermedad es odiar a los enemigos.
HERMES: Serías insoportable si estuvieras bien.
PROMETEO: ¡Ay de mí!
HERMES: Zeus no conoce esta palabra.
PROMETEO: El tiempo, al envejecer, todo lo enseña.
HERMES: Tú, sin embargo, todavía no sabes ser sensato.
PROMETEO: Ciertamente, no habría hablado a un criado como tú.
HERMES: Parece que no quieres decir nada de lo que desea el padre.
PROMETEO: Estando en deuda con él, debería devolverle el favor.
HERMES: Te burlas de mí como si fuera un niño.
PROMETEO: ¿No eres un niño y algo más simple todavía, si esperas saber alguna noticia de mí? No hay ultraje ni artificio con cuales me impele Zeus a declarar esto antes de que desate estas cadenas infamantes. Según ello, que lance la llama devoradora, que con la nieve de blanca ala y con truenos subterráneos confunda y agite todo el universo; nada de ello me doblegará hasta revelarle por quién ha de caer de su tiranía.
HERMES: Mira si esta actitud te resulta útil.
PROMETEO: Hace tiempo que todo está visto y decidido.
HERMES: Decídete, insensato, decídete a razonar bien ante estos sufrimientos.
PROMETEO: En vano me importunas, como si exhortaras a una ola. No imagines que un día, asustado por el decreto de Zeus, llegue a ser de alma mujeril y suplique al gran odiado, levantando hacia él mis palmas a guisa de mujer, para que me libere de estas trabas.
HERMES: Me parece que, si hablo, voy a hablar mucho y en vano, pues en nada te conmueves ni ablandas con ruegos; sino que mordiendo el bocado como un potro recién domado, te rebelas y luchas contra las riendas. Sin embargo, tu violencia se funda en un débil razonamiento: pues la obstinación, para el que razona mal, nada puede por sí misma. Considera, si no te convencen mis palabras, qué tempestad, qué triple ola de desgracias te caerá inexorablemente encima. Primero, ese escarpado pico, con el trueno y la llama del relámpago, el padre lo hará pedazos y esconderá tu cuerpo que quedará aprisionado en los brazos encorvados de la piedra. Cuando haya transcurrido una larga duración de tiempo, regresará nuevamente a la luz; pero entonces el perro alado de Zeus, el águila sangrienta, desgarrará vorazmente un gran jirón de tu cuerpo, un comensal que, sin ser invitado, vendrá todo el día a regalarse con el negro manjar de tu hígado. No esperes un término de este suplicio hasta que aparezca un dios dispuesto a sucederte en los trabajos y se ofrezca a descender al tenebroso Hades y a las oscuras profundidades del Tártaro. Ante esto, reflexiona; pues no se trata de una jactancia fingida, sino de una palabra muy bien pronunciada. Porque la boca de Zeus no sabe mentir, sino que cumple todo lo que dice. Tú mira bien y medita y no creas jamás que la insolencia sea mejor que el prudente consejo.
CORIFEO: Para nosotras, Hermes no parece hablar desatinadamente: porque te invita a dejar la arrogancia y a buscar la sabia discreción. Escucha: para un sabio es vergonzoso persistir en el error.
PROMETEO: Conocía yo el mensaje que ése ha vociferado; pero que un enemigo sea maltratado por enemigos, no es deshonroso. Así pues, que lance contra mí el rizo de fuego de doble filo, que el éter sea agitado por el trueno y la furia de vientos salvajes; que su soplo sacuda la tierra y la arranque de sus fundamentos con sus raíces; que la ola del mar con áspero bramido confunda las rutas de los astros celestes; que precipite mi cuerpo al negro Tártaro en los implacables torbellinos de la Necesidad. Sin embargo, él nunca me hará morir.
HERMES: Tales son los pensamientos y las palabras que es posible oír de seres sin
juicio. ¿Qué falta a su suplicio para ser un delirio? ¿Se relaja en sus furores? Pero en todo caso, vosotras que compartís sus sufrimientos, retiraos aceleradamente estos lugares, no sea que el mugido implacable del trueno aturda vuestros sentidos.
CORIFEO: Háblame de otras maneras y exhórtame en términos que me convenzan, pues de ninguna manera se puede tolerar la palabra que acabas de soltar. ¿Cómo puedes obligarme a practicar villanías? Con éste quiero sufrir lo que sea preciso, pues he aprendido a odiar a los traidores, y no hay peste que aborrezca más que ésta.
HERMES: Bien, pues, no olvidéis lo que ahora os prevengo, y cuando seáis botín de la calamidad no reprochéis a la fortuna y nunca digáis que Zeus os lanzó a un padecimiento imprevisible, sino, en verdad, vosotras a vosotras mismas. Porque sabiéndolo y sin sorpresas ni engaño os encontraréis por vuestra locura prendidas en la red inextricable de Ate.
(Hermes se retira. El huracán empieza a desencadenarse y la tierra a temblar.)
PROMETEO: Ahora no se trata ya de palabras sino de hechos: la tierra tiembla, al tiempo que en sus zigzagueantes profundidades muge el eco del trueno; relámpagos fulguran encendidos; torbellinos agitan tolvaneras; soplos de todos los vientos saltan unos contra otros, anunciando una lucha de hostil aliento; se mezclan confundidos el cielo con el mar. Tal es el ímpetu de Zeus que, intentando asustarme, avanza claramente contra mí. ¡Oh majestad de mi madre, oh Éter que haces girar la luz común a todos! ¡Ya veis de qué manera tan injusta!
(Las rocas, con Prometeo y las Océanides, se sumergen estrepitosamente entre rayos y truenos.)

Apocalypse Now

El fin de semana no había salido tal y como me habría gustado. Era Domingo al mediodía, y todavía notaba los daños colaterales del alcohol que había tomado durante la noche. Ella se había mostrado indiferente ante mí. Aquella no era precisamente la reacción que yo esperaba le hubiese producido la poesía que le había mandado con anterioridad a su correo electrónico. Cabía pero, la posibilidad de que todavía no hubiese abierto el correo. Ella estaba ahora conectada para chatear en la red social, y le abrí un privado.

-Hola, com estàs?
-Bé y tu?
-Bueno.. de ressaca…
-Jaja. Jo també una miqueta…
-Has vist el mail?
-Quin mail?
-Et vaig enviar un correu amb una de les cançons que vaig escriure.
-Ah. Pues no, no l’he mirat.

Esperé a que tuviera tiempo para leerlo.

-Què tal? Què t’ha semblat?
-Bé, está bé…
-Algun consell? Tu tens més experiència que jo escrivint cançons… segur que em pots ajudar…
-Bé, es una mica massa curta.
-Vale. Miraré de completar-la.

Me tomé una ducha, y luego volví a hablar con ella.

-Escolta, havia pensat en mirar una peli ara a casa amb el projector… si vols venir ja saps.
-No no, tinc coses per fer.
-Ok. Després em passaré pel bar a mirar el partit del barça suposo.
-Vale, ens veiem allà.

Miré las pelis que tenía, y me vi con las agallas de mirar Apocalypse Now, la versión extendida del director. Alguna vez había visto trozos que me cautivaron, pero nunca la había visto completa. Y me había comprado el DVD para gozar de ella en la gran pantalla con mi equipo de audio. Era una peli bélica del año 79, el mismo de mi fecha de nacimiento. La década de los setenta supuso una revolución en los teatros de cine, en donde jóvenes directores innovaban tanto en criterios artísticos como en las temáticas. EEUU, cuna de aquella revolución, vivía internamente la contradicción de las políticas belicistas de la cúpula de poder, con la emancipación de la contracultura hippie que ahora usaba el séptimo arte para denunciar aquella absurdidad que fue la guerra del Vietnam. Pero había muchas más cosas en aquella película. Como en las grandes obras de la literatura universal, no solamente explicaba una historia, un juego entre personajes, sino que los personajes eran también un vehículo para hablar de otras cosas. Para hablar de la vida, de política, de psicología. Las imágenes de los helicópteros rociando Napalm por las mañanas de la selva vietnamita, y de los generales haciendo surf entre las bombas se alternaban con largos monólogos de Martin Sheen navegando por el río de la jungla mientras hojeaba el informe de su objetivo a liquidar: un general condecorado con matrículas de honor en la academia de West Point, con un curriculum admirable, que había desertado del ejército americano, y ahora había creado su reino particular en medio de aquella caótica y lamentable guerra. Aquella película desgarraba por dentro cualquier reminiscencia de decencia en la reciente historia de la humanidad. La crudeza de la guerra se alternaba con la locura de los hombres y las mujeres que se habían visto atrapados en ella. Solamente a través de los pensamientos de un asesino de los servicios secretos de la inteligencia militar se podía vislumbrar algunos resquicios de sentido común. Un sentido común que al final prevalece, estableciéndose una comunicación total entre el general rebelde y su verdugo, que deja para el espectador la no fácil tarea de sacar las conclusiones finales.

Todavía aturdido por la que era una de las mejores películas de la Historia del Cine, fui a mi bar habitual para mirar el partido del Barça con mi amigo. Ella estaba en una mesa con sus amigas, y la saludé al pasar por su lado. Después de devolverme el saludo y la sonrisa, se giró, y empezó a jugar con su móvil. De vez en cuando apartaba la mirada de la pantalla de televisión, que se me iba hacia ella. Notaba algo distinto. Algo indescriptible que me gustaba.

El día siguiente era lunes, y fui al trabajo en la Corporación Internacional. Por desazón mía, mi superior me comentó que el martes tenía que desplazarme a Francia a hacer un tipo de trabajo que aborrecía, y  que no era la razón por la que yo había entrado en aquella empresa: vigilar y controlar una instalación provisional de osmotización de agua. La falta de comunicación entre el cliente, una de las acerías más importantes del mundo, y nuestra empresa, causó una infinidad de problemas técnicos que repercutían en una dedicación a tiempo total de los técnicos que estábamos allí. Incluso de noche nos teníamos que desplazar a la planta industrial para solventar las emergencias. Una dedicación total no remunerada por la política de empresa, solventando las consecuencias de una pésima organización del trabajo que recordaba nada más y nada menos que el caos en la planificación de la guerra del Vietnam que hizo desertar al brillante general Marlon Brando en Apocalypse Now. Estuve a punto en varias ocasiones de desertar yo de la Corporación Internacional que me tenía subyugado trabajando 24 horas al día a mil kilómetros de mi casa. Pero tenía un alquiler que pagar, y unos gastos corrientes que sufragar. Y España ya estaba en crisis, y conseguir trabajo no era tan fácil como en cinco años atrás. Tuve dos veces la tentación de dirigirme al aeropuerto de Bruselas para coger el primer vuelo para casa, y me desahogaba gritando por teléfono a mi superior, que tuvo la habilidad de calmarme, y al final pude aguantar los diez días seguidos de mi estancia en la acería. Pero en las noches de guardia con la calefacción de mi coche, canalizaba mi rabia escribiendo canciones, poemas que se hacían solos. Todo mi ser estaba conectado con el papel y el boli, las rimas fluían con fuerza, los conceptos se aparejaban, y bailaban. Maldecía cuando me venían las rimas, y no las podía apuntar porque estaba conduciendo.

Educación

Era viernes al mediodía, y la semana de trabajo en la Central Termosolar de Castilla la Mancha llegaba a su fin. Me despedí con cariño de mis amigos vascos, y cogí el coche para hacer el viaje de vuelta. Decidí parar a comer a medio camino entre Valencia y Castilla, una vez llevaba dos horas conduciendo. Era un hotel restaurante al lado de la autovía A-3. El martes de la semana siguiente era fiesta nacional, por lo que muchos trabajadores elegían librar el lunes, y de esta manera tenían un fin de semana largo de cuatro días para disfrutar con sus familias. Éste era el caso supongo, de la familia que se sentó cuando yo saboreaba mi gazpacho del menú. Padre, madre, tía, y dos niños pequeños.
-¡Quiero comer! ¡Tengo hambre!- Atronó uno de ellos para que toda la sala le oyera. Su madre, al ver que había captado la atención de todos los presentes intentó calmarlo.
-Xssst. Espérate… no ves que tienen que preguntarnos qué queremos, prepararlo…- Dijo, intentando llegar a la comprensión del niño. Pero los procedimientos habituales en los restaurantes parecían no importarle al chaval, que ahora había descubierto lo divertido que era golpear el plato de cerámica blanca con la cuchara.
¡Clinc, clinc!
-¡Tengo hambre!Ante la falta de interés del niño respecto a las anteriores explicaciones de su madre, el padre se tomó ahora su oportunidad. Pero el tono de su voz decía muchas cosas menos decisión y autoridad.
– Estate tranquilo, Juan. Que enseguida traerán la comida. – El niño dejó la cuchara sobre el mantel, y pasó a jugar con el spiderman que tenía su amigo, golpeándolo también contra el plato de cerámica.
¡Clinc, clinc!
El tono de voz de su padre me dejó intuir el porqué aquel niño no sabía qué era comportarse en público, haciendo caso omiso a las amables peticiones paternales. Aquel era un tono de voz monótono, fino, bajo.
-¡Quiero unas bravas!- contrarrestó el niño.
-Y unas bravas también.- Dijo el Padre al camarero, que acababa de anotar el pedido de la mesa.
 
Estaba claro quién mandaba en aquella familia. Una de dos: o el padre tenía un puesto de trabajo simple y monótono como funcionario público, y su rutinaria apatía le había ido quitando el ímpetu y las fuerzas para imponer una educación mínimamente decente a su hijo, o era un hombre de negocios que viajaba mucho, y como que no veía nunca al chaval, la única manera que vislumbró de ganarse su afecto era a base de regalos caros, videoconsolas, y consintiendo cualquier capricho, aunque fuese infinitamente banal. Esto podía funcionar dentro de las paredes de su casa, pero en aquel restaurante, él sabía que estaba haciendo el ridículo ante todos los presentes, que ya lo veían como un pésimo padre. Su mirada de vergüenza hacia mí me lo corroboró.
-¡Tardan mucho! –reclamaba el niño.
-Unas bravas para picar.- Informó el camarero, dejando un plato voluminoso de patatas fritas cubierto de mayonesa. Eso entretuvo un rato al niño, que engullía una brava detrás de otra, mientras seguía jugando con el spiderman y el plato.

Viendo que aquel torbellino no se calmaba con las bravas, en un intento de convencer al público presente que no era tan mal padre, aquél intentó captar la atención de su hijo proponiéndole ejercicios lingüísticos.
-¿Cómo se llama mesa en Valenciano?- El niño pareció olvidar el spiderman por unos momentos, y se puso a pensar.
Taula.- le dijo el padre, viendo que el niño no daba con la palabra.
Taula– repitió el niño, pareciendo interesarse por el juego.
-¿Y cómo se llama cuchillo?
-Mm.. gaabiinet.- dijo el niño.
-Casi, ganivet.- corrigió el adulto, satisfecho de su reciente éxito.

Quizás me había precipitado en mis juicios, y aquel hombre no fuese tan mal padre, después de todo. Me viene a la cabeza por eso, cómo es que yo, siendo catalán y no valenciano, me sabía todas las respuestas. Quité mi atención de mis ruidosos vecinos de comida, y volví mi cabeza hacia el televisor, donde ponían un partido de Rafa Nadal. Rafa cae bien a todo el mundo. El mejor tenista actual, es humilde en sus declaraciones, parece que no se le ha subido la fama a la cabeza. Es un ídolo nacional. Es curioso ver el contraste entre su brazo izquierdo hiperdesarrollado de dar golpes con la raqueta y su derecho enclenque. Supongo que es el resultado de toda una vida dedicada a dar golpes con una raqueta a una pelota amarilla. Pero el tenis me aburre, y vuelvo mi atención a la mesa de la anarquía. Ya no quedaban bravas, cuando el camarero trae los primeros platos. La sopa del niño permanece en el nivel inicial ante el inexorable paso de los minutos. Está claro que ya no tiene hambre. El padre prefirió contentar al niño a enfrentarse con él para hacerle ver que esa actitud es lo que todos ya sabíamos, errónea.

Pero yo ya he terminado mi fricandó de ternera con setas que estaba riquísimo, y después del café me dirijo hacia la barra para pagar. Retomo mi coche, pues tengo todavía cuatro horas de conducción tranquila hacia mi casa. No quiero ni saber en qué problemas se encontrará aquel niño cuando sea mayor. O qué problemas creará a otras personas. El funky-jazz de mi mp3 me ayuda a olvidarlo con celeridad, mientras disfruto del paisaje rural de las bellas colinas de Cuenca que atraviesa la autovía A-3 en dirección a Valencia.

Una pequeña empresa familiar

Yo tenía claro que quería crear una empresa, pero no tenía dinero. Había terminado la carrera de Ingeniero Técnico mientras trabajaba a tiempo parcial de lo que encontraba que me permitiese cierta flexibilidad horaria, y así poder tener tiempo de estudiar cuando lo requería la ocasión. Después de obtener algo de experiencia en alguna empresa de instalaciones industriales, yo todo ingenuo fui al banco a explicarles mi proyecto. Pero me dijeron de forma muy amable que no les interesaba. Por aquel entonces, España se encontraba de lleno en el boom inmobiliario y preferían dar hipotecas. Los banqueros preferían invertir su dinero en casas que en jóvenes emprendedores con nuevas ideas y creatividad.

Ante la negativa del sector financiero a mi proyecto personal, decidí enfocar mis esfuerzos en algo que se me daba bien. Formarme, para tener unos conocimientos, un valor añadido a mi trabajo que me hiciesen destacar y ganar algo de estabilidad y autonomía personal, aunque tuviese que seguir trabajando a cuenta de otros. Nunca se sabía. Con el tiempo quizás también vería la oportunidad de establecerme por mi cuenta. Me hice Programador Industrial, completando los conocimientos teóricos de la carrera con unos cursos a distancia en aplicaciones prácticas, junto con unos pinitos en  empresas privadas del sector.

Y entonces llegó el momento que tanto esperaba, y conseguí por fin un trabajo bien remunerado como Ingeniero-Programador en una pequeña empresa familiar de Terrassa, la cuna del sector textil español. Aquel puesto ya me daba la suficiente estabilidad como para ir a vivir solo en un piso. Dejé la habitación que compartía con mis amigos, y me fui a vivir en el pueblo de al lado, Rubi. Eligí Rubi, pues allí los precios eran mas baratos, y además estaba más cerca del trabajo que ahora tenía en Terrassa.

La empresa la había creado un señor proveniente de Aragón en los años ochenta, en plena efervescencia del sector textil. La empresa hacía la parte eléctrica y de programación de las máquinas. Aquella empresa ya había pasado, antes de que entrase yo, por la crisis de los noventa y por la deslocalización del textil catalán por causa de la llamada globalización y la insuperable competencia China, que inundaba los puertos de Europa con oleadas de ropa a precios irrisorios. Esto arruinó al sector textil europeo, que se tuvo que adaptar a los nuevos tiempos únicamente creando diseño y vendiendo una marca, produciendo más barato en los países en vía de desarrollo a base del semiesclavaje de sus trabajadores, consentido por gobiernos Comunistas. Unos Gobiernos que usaban políticas monetarias laxas destinadas a hundir el sector productivo en los países desarrollados anclando a un valor por debajo del real al yuan Chino respecto del dólar estadounidense. Éstas dos  políticas causaron el seísmo que provocaría el tsunami que anegó a los antiguos productores del viejo continente, e incluso del nuevo. Las políticas de los chinos favorecían sus exportaciones, y al mismo tiempo desestabilizan las balanzas comerciales del primer mundo.

Pues como iba diciendo, la pequeña empresa familiar en la que caí había podido superar la caída del sector textil en Terrassa, y ahora yo me dedicaba a diseñar los cerebros de extrusionadoras de plástico y túneles de criogenización de alimentos entre otros. Recuerdo que la hija del jefe, Helena, me atraía bastante. Era de la misma edad que yo, y su padre le había ido dando paulatinamente más responsabilidad en la empresa. Recuerdo tardes en las que yo estaba probando los cuadros eléctricos con el jefe, y ella se quedaba mirando como una niña tímida en la escalera. Me gustaba. Y mis fantasías enseguida empezaron a volar. Yo sabía que yo le caía bien a su padre. Aquella era una oportunidad para dar un salto, el Golpe o braguetazo, como se dice coloquialmente. Pasar por encima de mi superior, el jefe de Oficina Técnica, y también del prepotente jefe de Taller, que usaba su avanzada edad para imponer al primero sus criterios, aunque aquellos no se correspondiesen con razones lógicas ni de eficiencia. Mi mente volaba con esas ideas cada día, mientras al coincidir con ella a solas, me aproximaba cariñosamente entre sonrisas medio contenidas.

Pero por desgracia para ambos, en el escenario económico-político internacional las cosas habían evolucionado ya bastante desde las deslocalizaciones, y los gobiernos del primer mundo habían encontrado la panacea imprimiendo dinero y manteniendo la economía a base de crédito.

La crisis de la deuda empezó en el año 2007 con las hipotecas subprime golpeando con fuerza al sector inmobiliario del primer mundo. Yo pensé que no me afectaría, pues estaba en un sector industrial que nada tenía que ver con la construcción de viviendas. Pero no por última vez, me equivocaba. Más de una década de crédito fácil y barato habían acomodado y adormecido a todos los sectores económicos del país. Antes de intentar ajustar las cuentas de las empresas con mejoras estructurales y organizativas, cambios estratégicos o apostar por nuevas ideas, ¿Quién no se sentía tentado de ir al banco y simplemente, pedir otro crédito? Mi empresa ya era adicta a esta droga. Aún poseyendo trabajo y clientes, cuando se agotó la botella de suero que inyectaba crédito por la vena a las empresas, la dependencia ya era fuerte. Y se acabó de golpe sin apenas dar tiempo de reacción a los pobres pequeños empresarios, que ya no veían ni siquiera desde que lado les llegaban las impietosas bofetadas.

Al cabo de un año de haber entrado yo, la empresa de pronto se vio incapaz de pagar nuestras nóminas, y estuvimos tres meses de visitas a bufetes de abogados sin ver ni un duro. Antes del cataclismo pero, la dirección de la pequeña empresa hizo un cambio de rumbo con la intención de amarrar el buque. El jefe, que se veía desbordado por la situación, se retiró definitivamente del puesto, y cedió su lugar a su hermano, que llevaba una fábrica de cartones. Pero aquel era un sector que evidentemente, no tenía absolutamente nada que ver con el nuestro. La ignorancia de ese hombre terminó de hundir la empresa. Helena, que se suponía que tenía que ocupar el cargo de directora, quedó totalmente anulada por el carácter duro de su tío. En el momento de formalizar el cambio en la dirección, nos hicieron una charla, donde entre otras cosas nos dijeron:

-Estamos en problemas, y vamos a hacer algunos cambios en la empresa. Hablaremos con cada uno de los trabajadores, y le pediremos su opinión sobre el trabajo, cosas que piensa que se pueden mejorar en cuanto a la organización, y entre todos saldremos de esta.

Nunca hablaron con ninguno de los trabajadores. Es más, Helena, que antes era afable, cariñosa, comprensiva y dialogante, se transformó en un hombre rígido, castigador y autoritario. Dejó, por tristeza nuestra de los trabajadores, de hacer funcionar su hemisferio derecho cerebral, el femenino. Supongo que el miedo pudo con ella, y simplemente se dedicó a hacer de mediador entre su autoritario tío y nosotros, siendo el brazo ejecutor de una política que era simplemente, inadecuada en nuestro sector empresarial.

La empresa cerró, y yo no supe nada más de Helena. Al cabo de unos meses fue cuando empecé a trabajar en una gran Corporación Internacional, que misteriosamente y ante mi asombro, no sólo no tenía ningún problema con el crédito, sino que a golpe de maletines llenos de dólares iba adquiriendo empresas menores de su sector, creando así un monopolio de facto.

Pero esta es ya otra historia…

Judo

Yo seguía haciendo Judo, aunque en mi pueblo no se valorasen ya las artes marciales. Era un pueblo de sociedad media-alta en la periferia de Barcelona, una zona residencial de gente acomodada que tenía las necesidades básicas bien cubiertas. Eduard, tenía tan solo 13 años, y era del pueblo de al lado. Cuando entrábamos en el tatami, mientras los otros adolescentes hablaban, él pegaba patadas en el saco de boxeo. Cuando tocaba hacer combates, todos se escudaban:

-No, es que tengo asma, y no puedo seguir.
-No, es que hoy me duele la muñeca.

Pero Eduard siempre estaba dispuesto para entrenar. Yo le doblaba en peso, y en técnica. Pero él luchaba, y aprovechaba su ligereza para moverse con rapidez, rompiendo mis iniciativas. Siguiendo las máximas del creador del Judo, yo sabía que no debía aprovechar mi superior fuerza para derribar a Eduard. Aquella era para mí una oportunidad de oro para entrenar la velocidad. Recuerdo que un día había leído que los niños, al nacer, tienen la glándula pineal, el sexto sentido, muy desarrollada y que al crecer, ésta va reduciéndose en tamaño. No se que pasaba, pero Eduard era tan rápido que parecía leer mis intenciones. Cuando me decidía a realizar una técnica, con tan solo pensarlo, él ya se ponía a la defensiva, y dificultaba enormemente su realización. Entonces aprendí a engañar con la mente. A no tener ningún pensamiento activo. A mantener la mente en blanco hasta que yo viera una situación propicia para entrar, al mismo tiempo que la pensaba. Aquella era la única manera de derrotar a Eduard sin el uso de mi superior fuerza. Aquel chaval de 13 años me enseñó muchas cosas. Pero como dije, era del pueblo de al lado, y resultó ser que sus padres se quedaron en el paro, y ya no podían pagar la cuota del gimnasio. Ahora tenía que seguir entrenando en mi pueblo con chavales que se quejaban porqué su mamá les decía que tenían asma y no podían hacer esfuerzos, o con otros que tenían miedo de caer en el tatami, o con otros a los que les faltaba aquel punto de rabia que hacía de Eduard a un posible judoca.

¿Quién soy?

Desde que fui tomando conciencia de mi alrededor, una pregunta venía a mi cabeza: ¿Qué es el hombre? Según los cristianos, es un ser hecho a imagen y semejanza de Dios. Pero no teniendo yo claro el concepto de Dios, seguía haciéndome la pregunta: ¿Qué es el hombre? Cuando iba al instituto, decidí preguntarle a nuestro profesor de filosofía:
-¿Qué es el hombre?
A lo que él respondió:
-Según Aristóteles, es un animal racional.
-Ya. ¿Y según tú? ¿Tú qué piensas?

El silencio se apoderó del aula. Después de mirarme fijamente unos segundos, pareció buscar en sus apuntes y hojas que había encima de la gran mesa enfrente nuestro, ante la cual él estaba sentado detrás, en una butaca confortable, que le ayudaba a adquirir aires de cierta autoridad y respeto. Pero aquella pregunta no parecía estar entre aquellas hojas, que se iban deslizando entre sus dedos a ritmo despacio, mientras nuestro profesor hacía muecas de desagrado.

Al final abrió la boca, para decirme algo así como que esa pregunta era demasiado complicada, y que nos estábamos desviando del temario, la ética Kantiana.

Seguía sin econtrar la respuesta, pero yo buscaba y buscaba. Freud supuso un chock para mí, pues decía que los hombres somos infelices por reprimir el instinto o deseo que todos poseemos de matar a nuestro padre, para poder así ocupar su lugar, y unirnos sexualmente con nuestra madre.

Pero esta visión tampoco terminaba de convencerme…

Según la versión oficial de la ciencia y el neodarwinismo(que poco tiene que ver con las ideas de Darwin…), somos el resultado de unos cambios azarosos en nuestros genes, que luego tienen que pasar el test de la supervivencia en el medio ambiente. Es decir, una tirada de dados que produce infinitas variaciones, y luego el medio se “carga” a aquellas que no son viables. Es decir, los cambios positivos no son guiados por absolutamente nada, y se moldean la infinidad de variaciones posibles mediante la lucha por los recursos escasos del medio, a través de la supervivencia de los mas aptos.

Luego leí a Nietzsche, quien afirmaba que el hombre es un paso intermedio entre el mono y el superhombre…

Más tarde, un amigo mío se inició en la masonería, y me contó que somos pensamientos en la mente del Gran Arquitecto, deseando aumentar la frecuencia de vibración de nuestra energía.

Todavía no sé qué es el hombre… pero una cosa sí que se…
¡mola!

Juego de niños

En el patio del colegio había un pino muy grande. Cuando éramos más pequeños, jugábamos a subir en él, hacíamos cabañas, y competíamos por quién era el que subía más rápido, cronometrando con el reloj digital Casio made in Japan que todos poseíamos. Teníamos que dar un salto para alcanzar la rama ancha encima de nuestras cabezas, y desarrollar nuestro ingenio y agilidad para ponernos encima. Cuando uno descubría una nueva técnica para girar el cuerpo y que éste se mantuviera encima, luego la explicaba orgulloso a los demás, y luego todos pasábamos a intentar ejecutarla, con mayor o menor éxito.

Un día del último curso de la escuela estábamos los mismos paseando por el patio, cuando de pronto topamos con aquel árbol.
-¡Eh! ¿hacemos como antes y nos subimos?
-¡Vale va!- dijimos todos, con ganas de recordar aquellos momentos de hacía unos pocos años. Joan empezó a agarrarse a la rama y a subir, cuando de pronto se acercó un mocoso con una bata azul.
-No podéis subir al árbol. Está prohibido.
-¿Qué va a estar prohibido? ¡Anda! Lárgate de aquí.
-¡Sí! ¡está prohibido! ¡Se lo diré a la señu!
Enric hizo ademán de ir a por él, y el renacuajo de cursos inferiores se esfumó rápidamente. Después subí yo, recordando placenteramente lo divertido que era aquel árbol. ¿Cómo podía ser que estuviese prohibido? El chaval lo había malentendido, sin lugar a dudas.
-¡Eh! ¿Te acuerdas que lo complicado aquí era poder agarrar esta rama?-me miraba con satisfacción Joan, con aquella rama bien sujeta a la altura de su pecho.
-¡Ostia! Que ve una senyoreta amb el enano aquell- dijo Enric desde el suelo. La profesora se acercó.
-No sou una mica grandets ja com per pujar-vos als arbres?
-Estavem recordant vells temps- dije yo.
-Ja, pero ara està prohibit pujar-hi. Així que feu el favor de baixar ara mateix.
-Què va a estar prohibit si hi hem pujat tota la vida! – dijo con indignación Joan desde las alturas, que había alcanzado otro nivel entre las ramas.
-Ja ho heu sentit -dijo con determinación la profesora.
-Però perquè està prohibit? Quin problema hi ha?- Pregunté yo.
-És perillós. Podeu caure – contestó ella con frialdad.
-Bueno… però ja anem amb compte de no caure…
-Que baixeu. Ara són les normes. S’han de complir les normes. I vosaltres com als més grans de l’escola haurieu de donar exemple. Va. Baixeu.

Moralmente abatidos por la incomprensión de aquellas nuevas “normas” que ahora impedían a los niños disfrutar de aquel espléndido árbol, bajamos.
-Que no us torni a veure aquí dalt.- dijo la profesora, y se fue.

Nos miramos los tres intentando comprender, sin demasiado éxito, lo que había sucedido. Aquello no podía ser verdad. ¿Qué nuevas normas eran aquellas? –Podéis caer y haceros daño.- Evidentemente, que podemos caer. Y de hecho caíamos a menudo, con trompazos que desencadenaban las carcajadas de los amigos. Pero nos levantábamos, nos quitábamos el polvo de la ropa, y en unos minutos volvíamos a estar arriba, riendo con ellos. Y entonces teníamos cuidado de no volver a poner el pie en esa parte resbaladiza de la rama, a menos que estuviésemos bien sujetos con las manos. Y pasábamos horas y horas riendo y grimpando entre el follaje de nuestro predilecto árbol.

Fiestas Nacionales

Después de una semana de duro trabajo como ingeniero-programador en una construcción industrial, volvía a estar en mi tranquilo pueblo en las afueras de Barcelona. Eran las fiestas de la Constitución el martes siguiente, lo que hizo que tuviese un fin de semana largo de cuatro días. Aquel martes se celebraba el aniversario de la Constitución Democrática Española que promovió el Rey Juan Carlos I, designado sucesor del General Franco. Yo estaba contento y tranquilo con el trabajo bien hecho de la semana, y me disponía a relajarme y a disfrutar todo lo que se pudiese durante esos días.

Estuve el sábado en el Broadway Café con mis amigos. John, Laura y su novio Antonio quisieron ir a un concierto de O’funkillo que se celebraba en el pueblo vecino. John además, era amigo del bajista de un modesto grupo de l’Hospitalet, la Funkoteca, que hoy hacían de teloneros del mejor grupo funk-rock del planeta aceituna. Yo me apunté sin pensar a tan suculento plan. Nos levantamos y pasamos al interior del Broadway Café para pagar lo que les debíamos a los orientales dueños que lo llevaban. Allí vi a Elisa y a Mónica en una mesa contigua a la ventana. Elisa miraba hacia mí, con una sonrisa de bebé feliz que a veces regala. La cabellera ondulada de Mónica estaba de espaldas a mi. Fui a saludarlas y a ofrecerles de venir con nosotros al concierto.
-Hola.
-Hola – Dijo Elisa, que no paró de sonreír.
-Nosotros vamos al concierto de O’Funkillo en Cerdanyola.- Ya sabía que no vendrían, pero lo tenía que intentar. Además, sentía la necesidad de comunicarme con Ellas, que se materializase también en el mundo fenoménico lo que en lo más profundo de mi corazón ya existía: una unión emocional.
-Vale- Dijo Elisa.
-Lo digo sólo por si queréis…- No terminé la frase, pues Mónica estaba mirando entre la mesa y la grande ventana que daba a la transitada calle. No quiso regalarme una de esas miradas con las que puedes llegar a perder la conciencia del yo.
-Bueno… que vaya bien.- Pude decir al fin.
-Adioos- dijo cariñosamente Elisa.

Es muy tímida, pensé. Y me dispuse a ir con mis amigos a pasarlo bien en el concierto. Fue un concierto divertido. Bailamos, tomamos unas copas y pudimos escuchar buen funky aunque el grupo andaluz-galáctico no estaba con toda la banda al completo como la había visto un año antes en la sala Razzmatazz de Barcelona.

Me lo habría pasado fenomenal, si no fuera porque una cosa rondaba por mi inocente cabeza. Un hecho en el que todavía no había prestado la suficiente atención, y volvía a mí de forma algo desagradable cuando yo intentaba disfrutar de mi bebida y del entorno festivo en el que me encontraba. Y es que aquella tarde la vi a Ella. Y no pareció un encuentro casual. Después de volver con mi coche desde la España profunda, llegaba feliz a mi pueblo de acogida. Exultante por el ánimo de haber hecho bien el trabajo, y de llevar seis horas escuchando la mejor música en mp3, en el flagrante audio de mi carro, bajaba por la avenida que llevaba a mi casa. En mi mente apareció Ella. Y acto seguido la fui buscando por las aceras contiguas al asfalto por el que me deslizaba placenteramente. Deseé que ella estuviese allí. Y de pronto, sus ojos se clavaron en mi eufórico ser. Ella estaba, allí. Subía por la acera de la misma calle, en dirección hacia mí. Nos miramos unos largos segundos, mientras ella seguía caminando, y mi coche deslizando al ralentí. Ella se paró ante el semáforo que le permitiría cruzar la calle, que en irreconciliable contraste se encontraba en verde para los vehículos. Instintivamente estiré el pié derecho, lo que provocó una brusca sacudida a mi vehículo deslizante, cuando, recordando a grandes rasgos la normativa de circulación, realicé que no podía pararme en medio de la calle ante un semáforo que claramente, estaba todavía en verde. Así que levanté el pie del freno, y mi vehículo extrañado siguió su suave recorrido inercial calle abajo. En cuando aquél hubo pasado la intersección de calles que daba funcionalidad al semáforo, sí que apreté conscientemente de golpe el pié derecho contra la palanca del servofreno. Ella cruzaba grácilmente la calle en la altura que yo acababa de sobrepasar con triste impotencia y melancolía.

En la noche siguiente, Mónica salió al fin de su introspección. En el bar La Bohemia que tanto había presenciado ya, se puso a bailar delante de mí con su inseparable consorte Andrea. Pero yo no podía hacer daño a Mónica. Con alguna otra chica que no me importase, esa situación podría haber servido para desahogar mis tensiones y ponerle de paso celos a mi etérea amada. Pero no con Mónica. Me lo dejó bien claro la otra vez: – O ella o yo-. No podía enrollarme con ella cuando en mi mente estaba Lorien, así que me giré hacia la barra ignorándola descaradamente y me pedí un Bourbon doble sin hielo, que anestesió por unos momentos la frustración de aquél deseo insatisfecho.

Al día siguiente calmé mi dolor haciendo música. Toqué el bajo, digitación, técnica de slap con metrónomo para mantener un ritmo constante, y por la tarde vino a mi casa Miles, uno de mis amigos profesional del jazz. En mi sótano compartimos las emociones que de otra forma se resistían a salir de nuestros desencantados cuerpos. Él con su guitarra hacía una melodía en la que yo intentaba marcar la tónica  y quinta de la escala dórica en que nos encontrábamos, mientras hacía alguna que otra variación dictada por el momento.

Fuimos luego los dos a La Bohemia a tomar unas copas. En la confusión de la noche lo perdí de vista, pero a quién sí que vi fue a Pep y a Adriana, mis dos amigos, que estaban tomando cervezas en la zona de abajo del karaoke. El local estaba ligeramente vacío, con un par más de grupitos solamente, que se iban alternando canciones para desahogar pasiones y carreras artísticas frustradas con bastante dosis de razón. Voy a vaciar mi hinchada bufeta en el lavabo de un solo orín con una puerta a media altura sin pestillo que hay debajo de las escaleras. Estaba disfrutando del placer relajante que suele producir dicha acción, cuando alguien pega un golpe brusco en la puerta, que se abre de golpe. No quiero interrumpir mi estado placentero, así que le dirijo una mirada asesina mientras sigo con la liviana tarea de evacuación de fluidos.
-Vale, vale- se escuda él risueñamente, pareciendo entender que más le valia tener la paciencia de esperar un ratito a que yo terminase mi trabajo.

Termino, y me dirijo hacia la mesa donde se encuentran Pep y Adriana, preguntándome porqué existe gente tan imbécil en este planeta. Ese tío ya lo había visto con anterioridad, y me habia parecido de todo, menos algo limpio. Decido olvidarlo e ir a pasármelo bien con mis amigos.

Adriana y yo nos llevamos muy bien. Si no estuviera Pep allí, hubiésemos ido a la cama, pero este hecho en sí mismo és un deseo personal y una incongruencia al mismo tiempo, porque Adriana estaba allí, por Pep. Y yo sé que Pep la quiere, y no quiero hacer daño a ninguno de los dos. Pero no por eso la química dejaba de ser menos clara, y tonteábamos entre risas, pellizcos y pícaras miradas de tamaña belleza pelirroja. Para desazón de Pep, el otro grupo que yacía en la estancia sube al escenario a cantar, en medio de desaforadas exhortaciones patrióticas, lo que parecía un himno profascista español. Pep es independentista catalán, y como todos los catalanes, sufrimos casi 40 años de prohibición y persecución de nuestra lengua por parte del Fascista Franco. Veo que uno de los que canta es mi amigo del retrete. No sé que le molestó más, si mis juegos inocentes con su chica o aquella aberración a nuestros oídos y sentimientos, pero cuando aquellos dos bajaron del escenario, Pep se fue para ellos. Quizás quiso demostrar también su incuestionable virilidad ante Adriana, por si acaso ella albergase cualquier duda. Viendo yo de inmediato el peligro, sin pensármelo voy para allá para encontrarme con Pep que le hablaba al otro:
-Qué bonita canción, me ha llegado al alma.
-¿Sí? ¿Te gusta? -Inquirió contento su interlocutor, que todavía no había pillado la ironía.
-Sí, es que cuando oigo cosas de éstas como la unidad de la patria, y el orgullo de ser español se me pone la piel de gallina.- Aquí el otro detectó la ironía, mientras mi amigo del retrete parecía haberse enamorado del inodoro, pues se fue otra vez a vaciar líquidos.
-Sí, a mí también me sale el tiro por la boca cuando oigo a la gente hablar de Lluis Companys.

Aquí el que no pudo controlar su rabia y tensiones acumuladas desde hacía tiempo fui yo, que cambié de estrategia en ese momento, pasando inevitablemente de apaciguador y conciliador a agresor. Me acerqué un poco más a ese tío, para asegurarme que oía bien todo lo que le tenía que decir.
-Lluis Companys, un hombre que murió por defender a su Patria.- Mi entrada en escena lo desconcertó.
-¿Qué Patria?- Así que tuve que explicarle lo más claro y llanamente posible, cual era ese país, región, patria o como quiera llamársele por el que Lluis Companys murió fusilado por el ejército fascista que terminó entrando en Barcelona al final de la Guerra Civil. Me acerqué a un dedo de su oreja, y con todas mis fuerzas grité:
-¡Cataluña!- Él, pareció sufrir dicha agresión, pues inclinó la cabeza hacia el lado contrario desde el que le llegaba dicha palabra. Una cabeza que ahora parecía volver a la ironía, moviendo su cuerpo ligeramente en dirección opuesta de donde me encontraba yo.
-¿No te he oído, eh?- Como que no me había oído, sentí la necesidad de repetirle otra vez cual era la región, espacio territorial o conjunto de gentes, animales y relaciones por las que él me había preguntado, pues parecía no conocer la historia moderna. Así que me acerco otra vez al esquivo personaje, me vuelvo a poner a un dedo de su oreja, y gritando más aún, esperando con ansia que ésa tuviese que ser la última vez, y de que por fin, aquella palabra le hubiese entrado en su olvidadizo cerebro, grité:
CATALUNYA!

Ante lo cual se va corriendo a buscar a su amigo del retrete, cuando el chicano-heviata que pone las canciones del karaoke a lo mejor tenía alguna cita, pues le entraron prisas por cerrar el local, pidiéndonos con extrema amabilidad, que nos fuésemos a la calle. Ante tal muestra de cortesía le hacemos caso, no sin que Pep diera su opinión a nuestro greñudo camarero.
-¿Pero cómo es que ponéis estas canciones?
-No sé, no sé, id pasando, por favor.- Contestó con un poco de prisa.

Nos fuimos a la calle, pero los fachas seguían meando en el fantástico y acogedor retrete del local. Al no disfrutar yo especialmente de la violencia gratuita, habiendo ya demostrado a esos fascistas que  allí se tienen que olvidar de ir de ese palo, y dado que parecía que seguían a gusto haciendo no sé qué en el lavabo, nos fuimos a casa.

Philip K. Dick

Philip K. Dick fue un escritor de ciencia ficción de la segunda mitad del S. XX. Si bien no se le considera un narrador sobresaliente en cuanto a su técnica o a su retórica, ha pasado a la Historia por la puerta grande por los temas que trata. Recordaréis los siguientes films, que son basados en sus novelas o cuentos:

Blade Runner, de Ridley Scott, icono imperecedero de la ciencia ficción, protagonizada por Harrisson Ford, que se dedica a matar a robots que desarrollan conciencia de sí mismos.

Minority Report, de Steven Spielberg, en dónde los precogs tienen visones de violencia y crímenes que todavía no se han producido, y son usados por el Estado y la policía para detener a los culpables antes  de que aquellos se produzcan. Paradójicamente, el Policía Tom Cruise se ve envuelto él mismo en un crimen que todavía no ha cometido.

Desafío Total, o en inglés Total Recall, que significa recuerdo total, que hace más justicia a la trama de la película, fue dirigida por Paul Verhoeven y protagonizada por Sharon Stone y el saco de esteroides que se pasó luego a la política. Schwarzenegger paga unas vacaciones ficticias con un implante de recuerdos(un método más barato de viajar), pero algo sale mal. Resulta que aquel cerebro ya había sido manipulado previamente, y el programa informático de los implantes no es apto para el regrabado, no es Re-Writable como los CD’s, y ello provoca un choc al cliente, que ya no sabe quién es, quien era, ni hacia dónde va. Poco a poco, nuestro musculitos va recordando… y resulta ser que era un espía de la guerra con Marte, a la cual vuelve. ¿Cómo olvidar a la mujer con tres pechos del puticlub de Marte? Sin duda aquí había un fallo argumental…

Éstas son las adaptaciones cinematográficas más taquilleras de este genio, pero hay muchas más que se han quedado en segundo plano, serie B.

Philip K. Dick es el ejemplo de que se puede usar la literatura para hacer pensar. Explicar la sociedad actual en la que vivimos, y hacia dónde ésta se dirige. Educar. Los libros no son simples pasatiempos. Toca de forma magistral el problema de la sociedad actual perdida en las formas o apariencias. Dice que hay algo más allí. No todo es lo que la televisión nos dice, la publicidad, o el reconocimiento social. Philip K. Dick habla de la otra realidad, la realidad interior. Conceptos filosóficos antiquísimos cobran en las páginas de Dick una actualidad sorprendentemente aterradora. Catapulta a primera línea mediática El noumen y el fenoumen de Kant, la voluntad Schopenhaueriana, o la complejidad de las fuerzas interiores de Nietzsche. Lo que nuestros sentidos captan no es más que una ilusión de las formas, representada en otra ilusión, dentro de nuestra cabeza. Significa también, un ataque frontal al cientifismo, que solamente trata de clasificar éstas formas en criterios arbitrarios que no tienen nada que ver con la realidad que subyace a lo aparente. Por último, hace una alegoría a la importancia de los sentimientos, algo personal e intransferible a lo que cada uno tiene que atenderse, sin importar las presiones mediáticas o sociales que nos impongan desde el exterior.

Suyo es el concepto de la Tercera Guerra Mental. Es un juego de palabras entre Tercera Guerra Mundial, que sería la que vendría en orden cronológico, y Guerra Mental. Dick nos dice que la Tercera Guerra Mundial no será como las demás, en las trincheras y con fuego abierto en todo el territorio mundial con dos bandos claramente definidos, sino que ésta será sicológica, mental. Una guerra por el control del subconsciente humano. En dónde por un lado están los poderes de facto, los bancos, multinacionales, mafias, y gobiernos corruptos, que tienen a su disposición la mayoría de los centros educativos, universidades y medios de comunicación; y por otro lado estás tú. Tu, y tu familia, tus amigos, tus seres queridos y el grado de autorrealización que desees en esta vida, junto con algunos académicos que son evidentemente, silenciados por los mass media; junto con los libros, el deporte sano, internet(ojo que hay de todo…), y las prácticas místicas o espirituales. Ésta es una guerra abierta, que se libra cada día cuando vas a trabajar, enciendes la tele, o lees las normalmente aterradoras noticias de cada día. Una guerra en la que el objetivo es bombardearte para que no se despierte tu Yo interior y sigas consumiendo, con trabajos monótonos, y culpes de tu miseria y frustraciones a los moros, a Chaves, o a Irán, ellos se forren con el negocio de la guerra, y tu te alienes mirando series de televisión o películas de Hollywood.

¿Te gusta ésta realidad? Bienvenido.

La Bohemia

La Bohemia es un sitio curioso. Es el único bar de copas que sigue integrado en el centro del pueblo. Un matrimonio lo regenta desde hace más de veinte años, desde antes que se impusieran las duras normativas para conciliar los ámbitos festivos con los residenciales. Ahora ya no dejan abrir más locales de este tipo en el centro de mi ciudad, con el pretexto de preservar el descanso de sus aldeanos. Desde las administraciones se quiere llevar el ocio nocturno hacia las afueras, aunque los usuarios tengamos que coger el coche para llegar allí, con los peligros evidentes que ello conlleva. Este local tiene todos los permisos en regla, el matrimonio se gastó una burrada para insonorizar la estancia, doble puerta, pero incluso así, llega cada día a las tres en punto de la madrugada un coche patrulla de la policía para poner fin a la diversión y el juego de las almas nocturnas que buscan unos momentos de evasión a los problemas diarios o rutinas. Entonces nos quedamos todos en la calle con ganas de seguir la fiesta, y Eduardo, el propietario, no tiene más remedio que pasarse un buen rato pidiendo por favor, que busquemos otro sitio para tal efecto. Eduardo tiene ya seteinta años, pero esto no le impide seguir con el negocio de la noche. Borrachos entran y salen del local, mientras él, impasible, se distrae haciendo crucigramas desde detrás de la barra.

-A ver, bajar el tono de voz, que sino los vecinos se quejan.- Dice, cuando no encuentra la palabra en la casilla 3-H, y sale a tomar el aire en la calle.

-¿Pero es que siempre sois los mismos, eh? Sino os calláis vendrá la policía y me cerrarán el local. Y luego os quejáis de que no hay sitios para salir de fiesta.- Dice, cuando lleva quince minutos intentando dar, sin éxito, con las tres últimas palabras de su crucigrama.

En los más de veinte años que lleva abierto el local, nunca han cambiado la decoración. Bueno, no de golpe, como se entiende normalmente por cambiar la decoración. Porque cual organismo vivo, va cambiando lentamente conforme se suceden los años. Las paredes, es como si poseyeran vida propia, y aún después de llevar cierto tiempo frecuentando el local, cada día descubres un nuevo detalle que te sorprende. Un muñeco de Tintín en un rincón de la barra, una calavera con una vela que ilumina sus tenebrosas cavidades oculares, y siempre te preguntas si aquello había estado allí el fin de semana pasado. ¿Iba demasiado borracho para que me diera cuenta? O simplemente, ¿Estaba pendiente de otras ocupaciones? O ¿Lo han colocado hoy? Mirar hacia el techo es un acto revelador que te puede hacer dudar por unos momentos de cual era el local donde acababas de entrar. Mercedes, la mujer de Eduardo, siempre está risueña y alegre. Nunca me he atrevido a preguntarle su edad, pero una cosa sé, y es que levanta pasiones en muchos hombres.

Cuando se podía fumar en el local, éste siempre estaba lleno, y las expiraciones de los fumadores se convertían en una neblina baja que magnificaba el misterio de la decoración de sus paredes, mientras aquella acariciaba la base de las columnas disfrazadas de árbol de la sala de arriba. La ley antitabaco prohíbe fumar ahora en los locales de ocio, pero como ya se sabe por la funesta experiencia de la Ley Seca americana de los años veinte, la prohibición no evita el consumo de drogas. Así que, como que los asiduos a La Bohemia fumamos la mayoría, sino nuestros amigos, el bar se ve a menudo vacío y la fiesta se produce en la calle, por insoportable desesperación de Eduardo, que recientemente tuvo que dejar él sí, los crucigramas, para convertirse en las noches del fin de semana en un loro que no para de repetir frases como:

-Oye, si queréis tomar algo id para dentro. – o, – Venga va, terminaros el cigarrillo y volved a entrar. – o, – Aquí fuera no se puede estar. O entráis o os vais.

Frases, ante las que los clientes, debido a la incisiva insistencia de éstas, vuelven a entrar en el local resignados, oyéndose regularmente desde el interior de la puerta,

-¡Joder¡ ¡hay que ver que plasta que es el tío éste!

El matrimonio de origen indígena americano que lleva la barra y el karaoke de la parte baja del local, presencia con medias sonrisas las imprecaciones de los resignados que vuelven a cruzar sus puertas. Un greñudo de estilo hevy tipo Sepultura pone las canciones que los cantantes aficionados quieren compartir con sus amigos. La sala de la derecha está destinada a tal fin, con unos sofás que rodean las paredes en donde se puede charlar tranquilo mientras esperas tu canción, normalmente para subir luego en el escenario, quitarte los complejos, el miedo, y la vergüenza. La media de edad de esta zona del local es ligeramente superior, y muchos grupos de casados de mediana edad vienen a reír allí, después de la cena. El piso de arriba presenta un aspecto más juvenil, y apenas hay sillas o sofás, para dejar espacio a los que se desinhiben con el baile. Mi amigo Manel normalmente está en alguna de las dos barras de este piso, siempre bien acompañado de mujeres guapas que te sirven la copa, y como no, de la matrona Mercedes.

Mercedes es amiga de todo el mundo, invita regularmente a los clientes habituales, y es la mecenas de la música en nuestro pueblo. Es ella que hace el esfuerzo de organizar conciertos en su local, enfrentándose a quejas de vecinos, a normativas estrictas y a policías que vienen a mediar de vez en cuando, para que se puedan hacer conciertos en el pueblo. Conciertos para grupos que empiezan, actuaciones de monologuistas, sesiones de jazz… Un repertorio para todos los públicos que completa las noches de diversión en el pueblo. Y por contra, Eduardo echa a los músicos cuando no consiguen llenar el local. Es un matrimonio que se compenetra a la perfección. Son el poli bueno y el poli malo. Los complementarios que permiten que aquel antro simplemente, siga vivo a lo largo del inevitable transcurso del tiempo.

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