Apocalypse Now

El fin de semana no había salido tal y como me habría gustado. Era Domingo al mediodía, y todavía notaba los daños colaterales del alcohol que había tomado durante la noche. Ella se había mostrado indiferente ante mí. Aquella no era precisamente la reacción que yo esperaba le hubiese producido la poesía que le había mandado con anterioridad a su correo electrónico. Cabía pero, la posibilidad de que todavía no hubiese abierto el correo. Ella estaba ahora conectada para chatear en la red social, y le abrí un privado.

-Hola, com estàs?
-Bé y tu?
-Bueno.. de ressaca…
-Jaja. Jo també una miqueta…
-Has vist el mail?
-Quin mail?
-Et vaig enviar un correu amb una de les cançons que vaig escriure.
-Ah. Pues no, no l’he mirat.

Esperé a que tuviera tiempo para leerlo.

-Què tal? Què t’ha semblat?
-Bé, está bé…
-Algun consell? Tu tens més experiència que jo escrivint cançons… segur que em pots ajudar…
-Bé, es una mica massa curta.
-Vale. Miraré de completar-la.

Me tomé una ducha, y luego volví a hablar con ella.

-Escolta, havia pensat en mirar una peli ara a casa amb el projector… si vols venir ja saps.
-No no, tinc coses per fer.
-Ok. Després em passaré pel bar a mirar el partit del barça suposo.
-Vale, ens veiem allà.

Miré las pelis que tenía, y me vi con las agallas de mirar Apocalypse Now, la versión extendida del director. Alguna vez había visto trozos que me cautivaron, pero nunca la había visto completa. Y me había comprado el DVD para gozar de ella en la gran pantalla con mi equipo de audio. Era una peli bélica del año 79, el mismo de mi fecha de nacimiento. La década de los setenta supuso una revolución en los teatros de cine, en donde jóvenes directores innovaban tanto en criterios artísticos como en las temáticas. EEUU, cuna de aquella revolución, vivía internamente la contradicción de las políticas belicistas de la cúpula de poder, con la emancipación de la contracultura hippie que ahora usaba el séptimo arte para denunciar aquella absurdidad que fue la guerra del Vietnam. Pero había muchas más cosas en aquella película. Como en las grandes obras de la literatura universal, no solamente explicaba una historia, un juego entre personajes, sino que los personajes eran también un vehículo para hablar de otras cosas. Para hablar de la vida, de política, de psicología. Las imágenes de los helicópteros rociando Napalm por las mañanas de la selva vietnamita, y de los generales haciendo surf entre las bombas se alternaban con largos monólogos de Martin Sheen navegando por el río de la jungla mientras hojeaba el informe de su objetivo a liquidar: un general condecorado con matrículas de honor en la academia de West Point, con un curriculum admirable, que había desertado del ejército americano, y ahora había creado su reino particular en medio de aquella caótica y lamentable guerra. Aquella película desgarraba por dentro cualquier reminiscencia de decencia en la reciente historia de la humanidad. La crudeza de la guerra se alternaba con la locura de los hombres y las mujeres que se habían visto atrapados en ella. Solamente a través de los pensamientos de un asesino de los servicios secretos de la inteligencia militar se podía vislumbrar algunos resquicios de sentido común. Un sentido común que al final prevalece, estableciéndose una comunicación total entre el general rebelde y su verdugo, que deja para el espectador la no fácil tarea de sacar las conclusiones finales.

Todavía aturdido por la que era una de las mejores películas de la Historia del Cine, fui a mi bar habitual para mirar el partido del Barça con mi amigo. Ella estaba en una mesa con sus amigas, y la saludé al pasar por su lado. Después de devolverme el saludo y la sonrisa, se giró, y empezó a jugar con su móvil. De vez en cuando apartaba la mirada de la pantalla de televisión, que se me iba hacia ella. Notaba algo distinto. Algo indescriptible que me gustaba.

El día siguiente era lunes, y fui al trabajo en la Corporación Internacional. Por desazón mía, mi superior me comentó que el martes tenía que desplazarme a Francia a hacer un tipo de trabajo que aborrecía, y  que no era la razón por la que yo había entrado en aquella empresa: vigilar y controlar una instalación provisional de osmotización de agua. La falta de comunicación entre el cliente, una de las acerías más importantes del mundo, y nuestra empresa, causó una infinidad de problemas técnicos que repercutían en una dedicación a tiempo total de los técnicos que estábamos allí. Incluso de noche nos teníamos que desplazar a la planta industrial para solventar las emergencias. Una dedicación total no remunerada por la política de empresa, solventando las consecuencias de una pésima organización del trabajo que recordaba nada más y nada menos que el caos en la planificación de la guerra del Vietnam que hizo desertar al brillante general Marlon Brando en Apocalypse Now. Estuve a punto en varias ocasiones de desertar yo de la Corporación Internacional que me tenía subyugado trabajando 24 horas al día a mil kilómetros de mi casa. Pero tenía un alquiler que pagar, y unos gastos corrientes que sufragar. Y España ya estaba en crisis, y conseguir trabajo no era tan fácil como en cinco años atrás. Tuve dos veces la tentación de dirigirme al aeropuerto de Bruselas para coger el primer vuelo para casa, y me desahogaba gritando por teléfono a mi superior, que tuvo la habilidad de calmarme, y al final pude aguantar los diez días seguidos de mi estancia en la acería. Pero en las noches de guardia con la calefacción de mi coche, canalizaba mi rabia escribiendo canciones, poemas que se hacían solos. Todo mi ser estaba conectado con el papel y el boli, las rimas fluían con fuerza, los conceptos se aparejaban, y bailaban. Maldecía cuando me venían las rimas, y no las podía apuntar porque estaba conduciendo.

Educación

Era viernes al mediodía, y la semana de trabajo en la Central Termosolar de Castilla la Mancha llegaba a su fin. Me despedí con cariño de mis amigos vascos, y cogí el coche para hacer el viaje de vuelta. Decidí parar a comer a medio camino entre Valencia y Castilla, una vez llevaba dos horas conduciendo. Era un hotel restaurante al lado de la autovía A-3. El martes de la semana siguiente era fiesta nacional, por lo que muchos trabajadores elegían librar el lunes, y de esta manera tenían un fin de semana largo de cuatro días para disfrutar con sus familias. Éste era el caso supongo, de la familia que se sentó cuando yo saboreaba mi gazpacho del menú. Padre, madre, tía, y dos niños pequeños.
-¡Quiero comer! ¡Tengo hambre!- Atronó uno de ellos para que toda la sala le oyera. Su madre, al ver que había captado la atención de todos los presentes intentó calmarlo.
-Xssst. Espérate… no ves que tienen que preguntarnos qué queremos, prepararlo…- Dijo, intentando llegar a la comprensión del niño. Pero los procedimientos habituales en los restaurantes parecían no importarle al chaval, que ahora había descubierto lo divertido que era golpear el plato de cerámica blanca con la cuchara.
¡Clinc, clinc!
-¡Tengo hambre!Ante la falta de interés del niño respecto a las anteriores explicaciones de su madre, el padre se tomó ahora su oportunidad. Pero el tono de su voz decía muchas cosas menos decisión y autoridad.
– Estate tranquilo, Juan. Que enseguida traerán la comida. – El niño dejó la cuchara sobre el mantel, y pasó a jugar con el spiderman que tenía su amigo, golpeándolo también contra el plato de cerámica.
¡Clinc, clinc!
El tono de voz de su padre me dejó intuir el porqué aquel niño no sabía qué era comportarse en público, haciendo caso omiso a las amables peticiones paternales. Aquel era un tono de voz monótono, fino, bajo.
-¡Quiero unas bravas!- contrarrestó el niño.
-Y unas bravas también.- Dijo el Padre al camarero, que acababa de anotar el pedido de la mesa.
 
Estaba claro quién mandaba en aquella familia. Una de dos: o el padre tenía un puesto de trabajo simple y monótono como funcionario público, y su rutinaria apatía le había ido quitando el ímpetu y las fuerzas para imponer una educación mínimamente decente a su hijo, o era un hombre de negocios que viajaba mucho, y como que no veía nunca al chaval, la única manera que vislumbró de ganarse su afecto era a base de regalos caros, videoconsolas, y consintiendo cualquier capricho, aunque fuese infinitamente banal. Esto podía funcionar dentro de las paredes de su casa, pero en aquel restaurante, él sabía que estaba haciendo el ridículo ante todos los presentes, que ya lo veían como un pésimo padre. Su mirada de vergüenza hacia mí me lo corroboró.
-¡Tardan mucho! –reclamaba el niño.
-Unas bravas para picar.- Informó el camarero, dejando un plato voluminoso de patatas fritas cubierto de mayonesa. Eso entretuvo un rato al niño, que engullía una brava detrás de otra, mientras seguía jugando con el spiderman y el plato.

Viendo que aquel torbellino no se calmaba con las bravas, en un intento de convencer al público presente que no era tan mal padre, aquél intentó captar la atención de su hijo proponiéndole ejercicios lingüísticos.
-¿Cómo se llama mesa en Valenciano?- El niño pareció olvidar el spiderman por unos momentos, y se puso a pensar.
Taula.- le dijo el padre, viendo que el niño no daba con la palabra.
Taula– repitió el niño, pareciendo interesarse por el juego.
-¿Y cómo se llama cuchillo?
-Mm.. gaabiinet.- dijo el niño.
-Casi, ganivet.- corrigió el adulto, satisfecho de su reciente éxito.

Quizás me había precipitado en mis juicios, y aquel hombre no fuese tan mal padre, después de todo. Me viene a la cabeza por eso, cómo es que yo, siendo catalán y no valenciano, me sabía todas las respuestas. Quité mi atención de mis ruidosos vecinos de comida, y volví mi cabeza hacia el televisor, donde ponían un partido de Rafa Nadal. Rafa cae bien a todo el mundo. El mejor tenista actual, es humilde en sus declaraciones, parece que no se le ha subido la fama a la cabeza. Es un ídolo nacional. Es curioso ver el contraste entre su brazo izquierdo hiperdesarrollado de dar golpes con la raqueta y su derecho enclenque. Supongo que es el resultado de toda una vida dedicada a dar golpes con una raqueta a una pelota amarilla. Pero el tenis me aburre, y vuelvo mi atención a la mesa de la anarquía. Ya no quedaban bravas, cuando el camarero trae los primeros platos. La sopa del niño permanece en el nivel inicial ante el inexorable paso de los minutos. Está claro que ya no tiene hambre. El padre prefirió contentar al niño a enfrentarse con él para hacerle ver que esa actitud es lo que todos ya sabíamos, errónea.

Pero yo ya he terminado mi fricandó de ternera con setas que estaba riquísimo, y después del café me dirijo hacia la barra para pagar. Retomo mi coche, pues tengo todavía cuatro horas de conducción tranquila hacia mi casa. No quiero ni saber en qué problemas se encontrará aquel niño cuando sea mayor. O qué problemas creará a otras personas. El funky-jazz de mi mp3 me ayuda a olvidarlo con celeridad, mientras disfruto del paisaje rural de las bellas colinas de Cuenca que atraviesa la autovía A-3 en dirección a Valencia.

Una pequeña empresa familiar

Yo tenía claro que quería crear una empresa, pero no tenía dinero. Había terminado la carrera de Ingeniero Técnico mientras trabajaba a tiempo parcial de lo que encontraba que me permitiese cierta flexibilidad horaria, y así poder tener tiempo de estudiar cuando lo requería la ocasión. Después de obtener algo de experiencia en alguna empresa de instalaciones industriales, yo todo ingenuo fui al banco a explicarles mi proyecto. Pero me dijeron de forma muy amable que no les interesaba. Por aquel entonces, España se encontraba de lleno en el boom inmobiliario y preferían dar hipotecas. Los banqueros preferían invertir su dinero en casas que en jóvenes emprendedores con nuevas ideas y creatividad.

Ante la negativa del sector financiero a mi proyecto personal, decidí enfocar mis esfuerzos en algo que se me daba bien. Formarme, para tener unos conocimientos, un valor añadido a mi trabajo que me hiciesen destacar y ganar algo de estabilidad y autonomía personal, aunque tuviese que seguir trabajando a cuenta de otros. Nunca se sabía. Con el tiempo quizás también vería la oportunidad de establecerme por mi cuenta. Me hice Programador Industrial, completando los conocimientos teóricos de la carrera con unos cursos a distancia en aplicaciones prácticas, junto con unos pinitos en  empresas privadas del sector.

Y entonces llegó el momento que tanto esperaba, y conseguí por fin un trabajo bien remunerado como Ingeniero-Programador en una pequeña empresa familiar de Terrassa, la cuna del sector textil español. Aquel puesto ya me daba la suficiente estabilidad como para ir a vivir solo en un piso. Dejé la habitación que compartía con mis amigos, y me fui a vivir en el pueblo de al lado, Rubi. Eligí Rubi, pues allí los precios eran mas baratos, y además estaba más cerca del trabajo que ahora tenía en Terrassa.

La empresa la había creado un señor proveniente de Aragón en los años ochenta, en plena efervescencia del sector textil. La empresa hacía la parte eléctrica y de programación de las máquinas. Aquella empresa ya había pasado, antes de que entrase yo, por la crisis de los noventa y por la deslocalización del textil catalán por causa de la llamada globalización y la insuperable competencia China, que inundaba los puertos de Europa con oleadas de ropa a precios irrisorios. Esto arruinó al sector textil europeo, que se tuvo que adaptar a los nuevos tiempos únicamente creando diseño y vendiendo una marca, produciendo más barato en los países en vía de desarrollo a base del semiesclavaje de sus trabajadores, consentido por gobiernos Comunistas. Unos Gobiernos que usaban políticas monetarias laxas destinadas a hundir el sector productivo en los países desarrollados anclando a un valor por debajo del real al yuan Chino respecto del dólar estadounidense. Éstas dos  políticas causaron el seísmo que provocaría el tsunami que anegó a los antiguos productores del viejo continente, e incluso del nuevo. Las políticas de los chinos favorecían sus exportaciones, y al mismo tiempo desestabilizan las balanzas comerciales del primer mundo.

Pues como iba diciendo, la pequeña empresa familiar en la que caí había podido superar la caída del sector textil en Terrassa, y ahora yo me dedicaba a diseñar los cerebros de extrusionadoras de plástico y túneles de criogenización de alimentos entre otros. Recuerdo que la hija del jefe, Helena, me atraía bastante. Era de la misma edad que yo, y su padre le había ido dando paulatinamente más responsabilidad en la empresa. Recuerdo tardes en las que yo estaba probando los cuadros eléctricos con el jefe, y ella se quedaba mirando como una niña tímida en la escalera. Me gustaba. Y mis fantasías enseguida empezaron a volar. Yo sabía que yo le caía bien a su padre. Aquella era una oportunidad para dar un salto, el Golpe o braguetazo, como se dice coloquialmente. Pasar por encima de mi superior, el jefe de Oficina Técnica, y también del prepotente jefe de Taller, que usaba su avanzada edad para imponer al primero sus criterios, aunque aquellos no se correspondiesen con razones lógicas ni de eficiencia. Mi mente volaba con esas ideas cada día, mientras al coincidir con ella a solas, me aproximaba cariñosamente entre sonrisas medio contenidas.

Pero por desgracia para ambos, en el escenario económico-político internacional las cosas habían evolucionado ya bastante desde las deslocalizaciones, y los gobiernos del primer mundo habían encontrado la panacea imprimiendo dinero y manteniendo la economía a base de crédito.

La crisis de la deuda empezó en el año 2007 con las hipotecas subprime golpeando con fuerza al sector inmobiliario del primer mundo. Yo pensé que no me afectaría, pues estaba en un sector industrial que nada tenía que ver con la construcción de viviendas. Pero no por última vez, me equivocaba. Más de una década de crédito fácil y barato habían acomodado y adormecido a todos los sectores económicos del país. Antes de intentar ajustar las cuentas de las empresas con mejoras estructurales y organizativas, cambios estratégicos o apostar por nuevas ideas, ¿Quién no se sentía tentado de ir al banco y simplemente, pedir otro crédito? Mi empresa ya era adicta a esta droga. Aún poseyendo trabajo y clientes, cuando se agotó la botella de suero que inyectaba crédito por la vena a las empresas, la dependencia ya era fuerte. Y se acabó de golpe sin apenas dar tiempo de reacción a los pobres pequeños empresarios, que ya no veían ni siquiera desde que lado les llegaban las impietosas bofetadas.

Al cabo de un año de haber entrado yo, la empresa de pronto se vio incapaz de pagar nuestras nóminas, y estuvimos tres meses de visitas a bufetes de abogados sin ver ni un duro. Antes del cataclismo pero, la dirección de la pequeña empresa hizo un cambio de rumbo con la intención de amarrar el buque. El jefe, que se veía desbordado por la situación, se retiró definitivamente del puesto, y cedió su lugar a su hermano, que llevaba una fábrica de cartones. Pero aquel era un sector que evidentemente, no tenía absolutamente nada que ver con el nuestro. La ignorancia de ese hombre terminó de hundir la empresa. Helena, que se suponía que tenía que ocupar el cargo de directora, quedó totalmente anulada por el carácter duro de su tío. En el momento de formalizar el cambio en la dirección, nos hicieron una charla, donde entre otras cosas nos dijeron:

-Estamos en problemas, y vamos a hacer algunos cambios en la empresa. Hablaremos con cada uno de los trabajadores, y le pediremos su opinión sobre el trabajo, cosas que piensa que se pueden mejorar en cuanto a la organización, y entre todos saldremos de esta.

Nunca hablaron con ninguno de los trabajadores. Es más, Helena, que antes era afable, cariñosa, comprensiva y dialogante, se transformó en un hombre rígido, castigador y autoritario. Dejó, por tristeza nuestra de los trabajadores, de hacer funcionar su hemisferio derecho cerebral, el femenino. Supongo que el miedo pudo con ella, y simplemente se dedicó a hacer de mediador entre su autoritario tío y nosotros, siendo el brazo ejecutor de una política que era simplemente, inadecuada en nuestro sector empresarial.

La empresa cerró, y yo no supe nada más de Helena. Al cabo de unos meses fue cuando empecé a trabajar en una gran Corporación Internacional, que misteriosamente y ante mi asombro, no sólo no tenía ningún problema con el crédito, sino que a golpe de maletines llenos de dólares iba adquiriendo empresas menores de su sector, creando así un monopolio de facto.

Pero esta es ya otra historia…

Judo

Yo seguía haciendo Judo, aunque en mi pueblo no se valorasen ya las artes marciales. Era un pueblo de sociedad media-alta en la periferia de Barcelona, una zona residencial de gente acomodada que tenía las necesidades básicas bien cubiertas. Eduard, tenía tan solo 13 años, y era del pueblo de al lado. Cuando entrábamos en el tatami, mientras los otros adolescentes hablaban, él pegaba patadas en el saco de boxeo. Cuando tocaba hacer combates, todos se escudaban:

-No, es que tengo asma, y no puedo seguir.
-No, es que hoy me duele la muñeca.

Pero Eduard siempre estaba dispuesto para entrenar. Yo le doblaba en peso, y en técnica. Pero él luchaba, y aprovechaba su ligereza para moverse con rapidez, rompiendo mis iniciativas. Siguiendo las máximas del creador del Judo, yo sabía que no debía aprovechar mi superior fuerza para derribar a Eduard. Aquella era para mí una oportunidad de oro para entrenar la velocidad. Recuerdo que un día había leído que los niños, al nacer, tienen la glándula pineal, el sexto sentido, muy desarrollada y que al crecer, ésta va reduciéndose en tamaño. No se que pasaba, pero Eduard era tan rápido que parecía leer mis intenciones. Cuando me decidía a realizar una técnica, con tan solo pensarlo, él ya se ponía a la defensiva, y dificultaba enormemente su realización. Entonces aprendí a engañar con la mente. A no tener ningún pensamiento activo. A mantener la mente en blanco hasta que yo viera una situación propicia para entrar, al mismo tiempo que la pensaba. Aquella era la única manera de derrotar a Eduard sin el uso de mi superior fuerza. Aquel chaval de 13 años me enseñó muchas cosas. Pero como dije, era del pueblo de al lado, y resultó ser que sus padres se quedaron en el paro, y ya no podían pagar la cuota del gimnasio. Ahora tenía que seguir entrenando en mi pueblo con chavales que se quejaban porqué su mamá les decía que tenían asma y no podían hacer esfuerzos, o con otros que tenían miedo de caer en el tatami, o con otros a los que les faltaba aquel punto de rabia que hacía de Eduard a un posible judoca.

Aníbal

Aníbal juró ante su padre dar su vida por la lucha contra Roma. Uniendo a tribus ibéricas y galas, llegó a las mismas puertas de la ciudad que más tarde sería el mayor imperio de occidente. Aníbal era uno más de los soldados. De hecho, muchos de ellos fueron sus maestros, cuando él era todavía un niño. Comía con ellos, dormía con ellos, sufría con ellos. Usando la inteligencia, revolucionó las tácticas militares, y en clara inferioridad numérica, masacraba una y otra vez a las numerosas y disciplinadas legiones romanas, hasta poner en jaque al Imperio, llegando a las puertas de la ciudad. Pero aquella ciudad era ya poderosa. Se recuperó del golpe moral, y resistió.

Aníbal finalmente fue derrotado, y occidente vivió la romanización. Aníbal, retirado en la soledad, aceptó la derrota, y se tomó el veneno que acabaría con su vida, y con la lucha contra Roma.

Pensamiento S.XXI

He escrito algo sobre la Guerra Civil Española. Recuerdo cuando tenía 15 años, que engullía unos libritos que se publicaron para concienciar al pueblo español sobre política. Más de treinta años de dictadura franquista habían intentado borrar de la conciencia del público español, a la política. En la transición democrática, antes del golpe de estado simulado del veintitrés de febrero, hecho con el claro motivo de causar miedo y de que las reformas se contuvieran, se publicaron unos libros magníficos, que mi padre había guardado. Aquellos libros hablaban sobre el anarquismo, el marxismo-leninismo, el trotskismo, el concepto de ser de “izquierdas”, el concepto de ser de “derechas”, sobre la base ideológica del fascismo, sobre lo sucedido durante la guerra civil, sobre el socialismo, el liberalismo, la falange, nacionalismos, así como de los distintos partidos y asociaciones políticas que habían formado la reciente historia de España, antes de la prohibición de éstos por parte del dictador Franco.

En segundo de BUP, el mejor profesor que tuve en el instituto, nos había dicho:
La información es poder
Yo había hecho mía aquella frase, y leía cada día el periódico El País que compraban mis padres, y me culturizaba en la historia y las corrientes de pensamiento del S. XX, una asignatura que simplemente, no se daba. Era inexistente en los centros educativos. Lo único que te llegaba, a modo simplista, era que hubieron unos malos muy malos que eran los nazis alemanes, que quisieron sembrar el mundo de caos y destrucción, pero que por suerte, el mundo civilizado se unió, y acabó con la crueldad de los alemanes y de los japoneses. Entonces, las fuerzas vencedoras, los estalinistas y las democracias capitalistas entraron en lo que se conoce como la guerra fría. Después de que la URSS cayese, las “izquierdas” se quedaron sin rumbo, y pareció ser que el capitalismo democrático era la única manera de organizar la sociedad de una forma coherente.

Pero yo leía… y leía… y sigo leyendo…

Me fascinaba lo sucedido durante la guerra civil española. Quizás no ha habido una sola guerra en la historia de la humanidad en donde hayan confluido tantas ideologías distintas. Todas las facciones políticas de la reciente historia de la humanidad se alzaron en armas en suelo español, antes de la última Gran Guerra. Evidentemente, España fue solo un teatro de fuerzas que se peleaban en territorio internacional. Pero allí pasó algo. Un germen que tanto Comunistas-estalinistas como Fascistas-capitalistas machacaron a la primera ocasión. Estoy hablando del anarquismo colectivista. Nunca en la historia reciente de la humanidad, un país desarrollado se había empezado a organizar en forma de cooperativas autogestionadas como lo hizo la Catalunya de la guerra civil. No voy a hacer una apología de aquel anarquismo, pues no soy anarquista – además, los dirigentes anarquistas de aquel periodo se comportaron en realidad y en la práctica como verdaderos fascistas-. Lo que quiero remarcar es que aquel nuevo movimiento arrancó con mucha fuerza en Catalunya, y se encontró rápidamente aplastado entre el comunismo centralizado y autoritario estalinista(o otra forma de fascismo encubierta) y el fascismo-capitalista internacional.

Yo leía y leía, me culturizaba, pero siempre encontraba que faltaba algo en el conocer humano. Y curiosamente, aquel algo era lo más importante de todo conocer humano. El conocer la naturaleza del hombre. Las discusiones sobre política, y como se tenía que organizar la sociedad eran estériles, fútiles, superficiales, si no se tenía en cuenta al hombre como lo que era: un hombre –me refiero a la especie humana en general, hombre y mujer, pues no hay una palabra que aglutine los dos sexos en que se divide la especie humana en sí-.

Éste es el dilema del ser humano en el S. XXI. Una vez el positivismo se ha visto inútil para llevar la felicidad a los hombre y mujeres, desembocando en una crisis mundial –económica, de valores, y de respeto hacia las instituciones en general-, ha llegado el momento de sentarse, y reflexionar sobre lo que estamos haciendo como individuos, cuales son nuestras creencias, si son válidas para nuestro día a día, o son un producto de la educación que hemos recibido, y la gran pregunta: ¿Qué queremos? cobra especial relevancia en el ser humano del momento actual.

Pero claro… como en todo cambio, las antiguas recetas y dogmas… no sirven. Solamente la gente que es capaz de pensar por sí misma tiene alguna idea al respecto…

¿Quién soy?

Desde que fui tomando conciencia de mi alrededor, una pregunta venía a mi cabeza: ¿Qué es el hombre? Según los cristianos, es un ser hecho a imagen y semejanza de Dios. Pero no teniendo yo claro el concepto de Dios, seguía haciéndome la pregunta: ¿Qué es el hombre? Cuando iba al instituto, decidí preguntarle a nuestro profesor de filosofía:
-¿Qué es el hombre?
A lo que él respondió:
-Según Aristóteles, es un animal racional.
-Ya. ¿Y según tú? ¿Tú qué piensas?

El silencio se apoderó del aula. Después de mirarme fijamente unos segundos, pareció buscar en sus apuntes y hojas que había encima de la gran mesa enfrente nuestro, ante la cual él estaba sentado detrás, en una butaca confortable, que le ayudaba a adquirir aires de cierta autoridad y respeto. Pero aquella pregunta no parecía estar entre aquellas hojas, que se iban deslizando entre sus dedos a ritmo despacio, mientras nuestro profesor hacía muecas de desagrado.

Al final abrió la boca, para decirme algo así como que esa pregunta era demasiado complicada, y que nos estábamos desviando del temario, la ética Kantiana.

Seguía sin econtrar la respuesta, pero yo buscaba y buscaba. Freud supuso un chock para mí, pues decía que los hombres somos infelices por reprimir el instinto o deseo que todos poseemos de matar a nuestro padre, para poder así ocupar su lugar, y unirnos sexualmente con nuestra madre.

Pero esta visión tampoco terminaba de convencerme…

Según la versión oficial de la ciencia y el neodarwinismo(que poco tiene que ver con las ideas de Darwin…), somos el resultado de unos cambios azarosos en nuestros genes, que luego tienen que pasar el test de la supervivencia en el medio ambiente. Es decir, una tirada de dados que produce infinitas variaciones, y luego el medio se “carga” a aquellas que no son viables. Es decir, los cambios positivos no son guiados por absolutamente nada, y se moldean la infinidad de variaciones posibles mediante la lucha por los recursos escasos del medio, a través de la supervivencia de los mas aptos.

Luego leí a Nietzsche, quien afirmaba que el hombre es un paso intermedio entre el mono y el superhombre…

Más tarde, un amigo mío se inició en la masonería, y me contó que somos pensamientos en la mente del Gran Arquitecto, deseando aumentar la frecuencia de vibración de nuestra energía.

Todavía no sé qué es el hombre… pero una cosa sí que se…
¡mola!

Juego de niños

En el patio del colegio había un pino muy grande. Cuando éramos más pequeños, jugábamos a subir en él, hacíamos cabañas, y competíamos por quién era el que subía más rápido, cronometrando con el reloj digital Casio made in Japan que todos poseíamos. Teníamos que dar un salto para alcanzar la rama ancha encima de nuestras cabezas, y desarrollar nuestro ingenio y agilidad para ponernos encima. Cuando uno descubría una nueva técnica para girar el cuerpo y que éste se mantuviera encima, luego la explicaba orgulloso a los demás, y luego todos pasábamos a intentar ejecutarla, con mayor o menor éxito.

Un día del último curso de la escuela estábamos los mismos paseando por el patio, cuando de pronto topamos con aquel árbol.
-¡Eh! ¿hacemos como antes y nos subimos?
-¡Vale va!- dijimos todos, con ganas de recordar aquellos momentos de hacía unos pocos años. Joan empezó a agarrarse a la rama y a subir, cuando de pronto se acercó un mocoso con una bata azul.
-No podéis subir al árbol. Está prohibido.
-¿Qué va a estar prohibido? ¡Anda! Lárgate de aquí.
-¡Sí! ¡está prohibido! ¡Se lo diré a la señu!
Enric hizo ademán de ir a por él, y el renacuajo de cursos inferiores se esfumó rápidamente. Después subí yo, recordando placenteramente lo divertido que era aquel árbol. ¿Cómo podía ser que estuviese prohibido? El chaval lo había malentendido, sin lugar a dudas.
-¡Eh! ¿Te acuerdas que lo complicado aquí era poder agarrar esta rama?-me miraba con satisfacción Joan, con aquella rama bien sujeta a la altura de su pecho.
-¡Ostia! Que ve una senyoreta amb el enano aquell- dijo Enric desde el suelo. La profesora se acercó.
-No sou una mica grandets ja com per pujar-vos als arbres?
-Estavem recordant vells temps- dije yo.
-Ja, pero ara està prohibit pujar-hi. Així que feu el favor de baixar ara mateix.
-Què va a estar prohibit si hi hem pujat tota la vida! – dijo con indignación Joan desde las alturas, que había alcanzado otro nivel entre las ramas.
-Ja ho heu sentit -dijo con determinación la profesora.
-Però perquè està prohibit? Quin problema hi ha?- Pregunté yo.
-És perillós. Podeu caure – contestó ella con frialdad.
-Bueno… però ja anem amb compte de no caure…
-Que baixeu. Ara són les normes. S’han de complir les normes. I vosaltres com als més grans de l’escola haurieu de donar exemple. Va. Baixeu.

Moralmente abatidos por la incomprensión de aquellas nuevas “normas” que ahora impedían a los niños disfrutar de aquel espléndido árbol, bajamos.
-Que no us torni a veure aquí dalt.- dijo la profesora, y se fue.

Nos miramos los tres intentando comprender, sin demasiado éxito, lo que había sucedido. Aquello no podía ser verdad. ¿Qué nuevas normas eran aquellas? –Podéis caer y haceros daño.- Evidentemente, que podemos caer. Y de hecho caíamos a menudo, con trompazos que desencadenaban las carcajadas de los amigos. Pero nos levantábamos, nos quitábamos el polvo de la ropa, y en unos minutos volvíamos a estar arriba, riendo con ellos. Y entonces teníamos cuidado de no volver a poner el pie en esa parte resbaladiza de la rama, a menos que estuviésemos bien sujetos con las manos. Y pasábamos horas y horas riendo y grimpando entre el follaje de nuestro predilecto árbol.

Fiestas Nacionales

Después de una semana de duro trabajo como ingeniero-programador en una construcción industrial, volvía a estar en mi tranquilo pueblo en las afueras de Barcelona. Eran las fiestas de la Constitución el martes siguiente, lo que hizo que tuviese un fin de semana largo de cuatro días. Aquel martes se celebraba el aniversario de la Constitución Democrática Española que promovió el Rey Juan Carlos I, designado sucesor del General Franco. Yo estaba contento y tranquilo con el trabajo bien hecho de la semana, y me disponía a relajarme y a disfrutar todo lo que se pudiese durante esos días.

Estuve el sábado en el Broadway Café con mis amigos. John, Laura y su novio Antonio quisieron ir a un concierto de O’funkillo que se celebraba en el pueblo vecino. John además, era amigo del bajista de un modesto grupo de l’Hospitalet, la Funkoteca, que hoy hacían de teloneros del mejor grupo funk-rock del planeta aceituna. Yo me apunté sin pensar a tan suculento plan. Nos levantamos y pasamos al interior del Broadway Café para pagar lo que les debíamos a los orientales dueños que lo llevaban. Allí vi a Elisa y a Mónica en una mesa contigua a la ventana. Elisa miraba hacia mí, con una sonrisa de bebé feliz que a veces regala. La cabellera ondulada de Mónica estaba de espaldas a mi. Fui a saludarlas y a ofrecerles de venir con nosotros al concierto.
-Hola.
-Hola – Dijo Elisa, que no paró de sonreír.
-Nosotros vamos al concierto de O’Funkillo en Cerdanyola.- Ya sabía que no vendrían, pero lo tenía que intentar. Además, sentía la necesidad de comunicarme con Ellas, que se materializase también en el mundo fenoménico lo que en lo más profundo de mi corazón ya existía: una unión emocional.
-Vale- Dijo Elisa.
-Lo digo sólo por si queréis…- No terminé la frase, pues Mónica estaba mirando entre la mesa y la grande ventana que daba a la transitada calle. No quiso regalarme una de esas miradas con las que puedes llegar a perder la conciencia del yo.
-Bueno… que vaya bien.- Pude decir al fin.
-Adioos- dijo cariñosamente Elisa.

Es muy tímida, pensé. Y me dispuse a ir con mis amigos a pasarlo bien en el concierto. Fue un concierto divertido. Bailamos, tomamos unas copas y pudimos escuchar buen funky aunque el grupo andaluz-galáctico no estaba con toda la banda al completo como la había visto un año antes en la sala Razzmatazz de Barcelona.

Me lo habría pasado fenomenal, si no fuera porque una cosa rondaba por mi inocente cabeza. Un hecho en el que todavía no había prestado la suficiente atención, y volvía a mí de forma algo desagradable cuando yo intentaba disfrutar de mi bebida y del entorno festivo en el que me encontraba. Y es que aquella tarde la vi a Ella. Y no pareció un encuentro casual. Después de volver con mi coche desde la España profunda, llegaba feliz a mi pueblo de acogida. Exultante por el ánimo de haber hecho bien el trabajo, y de llevar seis horas escuchando la mejor música en mp3, en el flagrante audio de mi carro, bajaba por la avenida que llevaba a mi casa. En mi mente apareció Ella. Y acto seguido la fui buscando por las aceras contiguas al asfalto por el que me deslizaba placenteramente. Deseé que ella estuviese allí. Y de pronto, sus ojos se clavaron en mi eufórico ser. Ella estaba, allí. Subía por la acera de la misma calle, en dirección hacia mí. Nos miramos unos largos segundos, mientras ella seguía caminando, y mi coche deslizando al ralentí. Ella se paró ante el semáforo que le permitiría cruzar la calle, que en irreconciliable contraste se encontraba en verde para los vehículos. Instintivamente estiré el pié derecho, lo que provocó una brusca sacudida a mi vehículo deslizante, cuando, recordando a grandes rasgos la normativa de circulación, realicé que no podía pararme en medio de la calle ante un semáforo que claramente, estaba todavía en verde. Así que levanté el pie del freno, y mi vehículo extrañado siguió su suave recorrido inercial calle abajo. En cuando aquél hubo pasado la intersección de calles que daba funcionalidad al semáforo, sí que apreté conscientemente de golpe el pié derecho contra la palanca del servofreno. Ella cruzaba grácilmente la calle en la altura que yo acababa de sobrepasar con triste impotencia y melancolía.

En la noche siguiente, Mónica salió al fin de su introspección. En el bar La Bohemia que tanto había presenciado ya, se puso a bailar delante de mí con su inseparable consorte Andrea. Pero yo no podía hacer daño a Mónica. Con alguna otra chica que no me importase, esa situación podría haber servido para desahogar mis tensiones y ponerle de paso celos a mi etérea amada. Pero no con Mónica. Me lo dejó bien claro la otra vez: – O ella o yo-. No podía enrollarme con ella cuando en mi mente estaba Lorien, así que me giré hacia la barra ignorándola descaradamente y me pedí un Bourbon doble sin hielo, que anestesió por unos momentos la frustración de aquél deseo insatisfecho.

Al día siguiente calmé mi dolor haciendo música. Toqué el bajo, digitación, técnica de slap con metrónomo para mantener un ritmo constante, y por la tarde vino a mi casa Miles, uno de mis amigos profesional del jazz. En mi sótano compartimos las emociones que de otra forma se resistían a salir de nuestros desencantados cuerpos. Él con su guitarra hacía una melodía en la que yo intentaba marcar la tónica  y quinta de la escala dórica en que nos encontrábamos, mientras hacía alguna que otra variación dictada por el momento.

Fuimos luego los dos a La Bohemia a tomar unas copas. En la confusión de la noche lo perdí de vista, pero a quién sí que vi fue a Pep y a Adriana, mis dos amigos, que estaban tomando cervezas en la zona de abajo del karaoke. El local estaba ligeramente vacío, con un par más de grupitos solamente, que se iban alternando canciones para desahogar pasiones y carreras artísticas frustradas con bastante dosis de razón. Voy a vaciar mi hinchada bufeta en el lavabo de un solo orín con una puerta a media altura sin pestillo que hay debajo de las escaleras. Estaba disfrutando del placer relajante que suele producir dicha acción, cuando alguien pega un golpe brusco en la puerta, que se abre de golpe. No quiero interrumpir mi estado placentero, así que le dirijo una mirada asesina mientras sigo con la liviana tarea de evacuación de fluidos.
-Vale, vale- se escuda él risueñamente, pareciendo entender que más le valia tener la paciencia de esperar un ratito a que yo terminase mi trabajo.

Termino, y me dirijo hacia la mesa donde se encuentran Pep y Adriana, preguntándome porqué existe gente tan imbécil en este planeta. Ese tío ya lo había visto con anterioridad, y me habia parecido de todo, menos algo limpio. Decido olvidarlo e ir a pasármelo bien con mis amigos.

Adriana y yo nos llevamos muy bien. Si no estuviera Pep allí, hubiésemos ido a la cama, pero este hecho en sí mismo és un deseo personal y una incongruencia al mismo tiempo, porque Adriana estaba allí, por Pep. Y yo sé que Pep la quiere, y no quiero hacer daño a ninguno de los dos. Pero no por eso la química dejaba de ser menos clara, y tonteábamos entre risas, pellizcos y pícaras miradas de tamaña belleza pelirroja. Para desazón de Pep, el otro grupo que yacía en la estancia sube al escenario a cantar, en medio de desaforadas exhortaciones patrióticas, lo que parecía un himno profascista español. Pep es independentista catalán, y como todos los catalanes, sufrimos casi 40 años de prohibición y persecución de nuestra lengua por parte del Fascista Franco. Veo que uno de los que canta es mi amigo del retrete. No sé que le molestó más, si mis juegos inocentes con su chica o aquella aberración a nuestros oídos y sentimientos, pero cuando aquellos dos bajaron del escenario, Pep se fue para ellos. Quizás quiso demostrar también su incuestionable virilidad ante Adriana, por si acaso ella albergase cualquier duda. Viendo yo de inmediato el peligro, sin pensármelo voy para allá para encontrarme con Pep que le hablaba al otro:
-Qué bonita canción, me ha llegado al alma.
-¿Sí? ¿Te gusta? -Inquirió contento su interlocutor, que todavía no había pillado la ironía.
-Sí, es que cuando oigo cosas de éstas como la unidad de la patria, y el orgullo de ser español se me pone la piel de gallina.- Aquí el otro detectó la ironía, mientras mi amigo del retrete parecía haberse enamorado del inodoro, pues se fue otra vez a vaciar líquidos.
-Sí, a mí también me sale el tiro por la boca cuando oigo a la gente hablar de Lluis Companys.

Aquí el que no pudo controlar su rabia y tensiones acumuladas desde hacía tiempo fui yo, que cambié de estrategia en ese momento, pasando inevitablemente de apaciguador y conciliador a agresor. Me acerqué un poco más a ese tío, para asegurarme que oía bien todo lo que le tenía que decir.
-Lluis Companys, un hombre que murió por defender a su Patria.- Mi entrada en escena lo desconcertó.
-¿Qué Patria?- Así que tuve que explicarle lo más claro y llanamente posible, cual era ese país, región, patria o como quiera llamársele por el que Lluis Companys murió fusilado por el ejército fascista que terminó entrando en Barcelona al final de la Guerra Civil. Me acerqué a un dedo de su oreja, y con todas mis fuerzas grité:
-¡Cataluña!- Él, pareció sufrir dicha agresión, pues inclinó la cabeza hacia el lado contrario desde el que le llegaba dicha palabra. Una cabeza que ahora parecía volver a la ironía, moviendo su cuerpo ligeramente en dirección opuesta de donde me encontraba yo.
-¿No te he oído, eh?- Como que no me había oído, sentí la necesidad de repetirle otra vez cual era la región, espacio territorial o conjunto de gentes, animales y relaciones por las que él me había preguntado, pues parecía no conocer la historia moderna. Así que me acerco otra vez al esquivo personaje, me vuelvo a poner a un dedo de su oreja, y gritando más aún, esperando con ansia que ésa tuviese que ser la última vez, y de que por fin, aquella palabra le hubiese entrado en su olvidadizo cerebro, grité:
CATALUNYA!

Ante lo cual se va corriendo a buscar a su amigo del retrete, cuando el chicano-heviata que pone las canciones del karaoke a lo mejor tenía alguna cita, pues le entraron prisas por cerrar el local, pidiéndonos con extrema amabilidad, que nos fuésemos a la calle. Ante tal muestra de cortesía le hacemos caso, no sin que Pep diera su opinión a nuestro greñudo camarero.
-¿Pero cómo es que ponéis estas canciones?
-No sé, no sé, id pasando, por favor.- Contestó con un poco de prisa.

Nos fuimos a la calle, pero los fachas seguían meando en el fantástico y acogedor retrete del local. Al no disfrutar yo especialmente de la violencia gratuita, habiendo ya demostrado a esos fascistas que  allí se tienen que olvidar de ir de ese palo, y dado que parecía que seguían a gusto haciendo no sé qué en el lavabo, nos fuimos a casa.

La revolución de octubre de 1934

En el octubre de 1934 se produce un intento fracasado de revolución obrera en la República Española, como reacción a la derecha reaccionaria que se encuentra en el poder en aquel entonces y a la pérdida de bienestar de las clases trabajadoras. Es un hecho que se tiene que englobar a nivel internacional dentro de la crisis de los treinta, junto a la Gran Depresión de los Estados Unidos, dónde una gran parte de la población del primer mundo estaba sumida en la pobreza y pasaba hambre. Una época difícil que quedó inmortalizada precisamente gracias al escritor estadounidense John Steinbeck con su novela Las uvas de la ira, que explica las peripecias de una familia rural que pierde sus propiedades acosada por las deudas contraídas con los bancos. El hambre y la miseria están presentes en esta genial obra, que nos permite sumergirnos en uno de los episodios mas tristes de la Historia del S.XX, aunque la genialidad del escritor hace que presenciemos también, la voluntad de vivir y de luchar de sus protagonistas, todo envuelto en un halo orgánico de una sutil belleza.

En España, como en toda Europa, las cosas no estaban mucho mejor, y la clase trabajadora había visto bajada sustanciamente sus condiciones de vida.

Sindicalistas, socialistas, comunistas, anarquistas, reformistas, y progresistas en general, estaban en estado de ebullición, con las masas dispuestas a organizarse y a luchar por cambiar su estado de miseria y opresión. En Catalunya, se añade también la defensa de su lengua y su hecho diferencial, pocas veces reconocido por el centralismo del estado Español. Lluis Companys i Jover era el presidente de la Generalitat Catalana, representando a una mayoria catalanista de izquierdas que le habían colocado allí en las urnas. Una mayoría en Catalunya que por aquel entonces chocaba con el gobierno centralista y reaccionario del Estado Español. En medio de una huelga general, Lluis Companys declara unilateralmente el Estado Catalán , inscrito peró, en una República Federal Española. Durante la huelga de octubre del 34, muchos trabajadores en todo el territorio español estaban dispuestos a ejercer la revolución, pero los líderes de las distintas facciones obreras o progresistas no supieron o no quisieron ver la oportunidad de aquella huelga general. Pero hay un hecho que marcaría un antes y un después, sin el cual la cruenta Guerra Civil Española no hubiese tenido razón de ser, y probablemente el alzamiento militar de Franco del 1936 hubiese quedado en un simple golpe de estado. La intentona de revolución separatista de Lluis Companys fracasó por culpa de una pésima organización al mismo día siguiente, siendo la Generalitat rodeada por los militares del ejército, dejando unos cuarenta muertos.

El hecho crucial deviene pero, en Asturias, dónde los sindicatos de los mineros se unen, y alargan la lucha durante semanas. Asaltan las casernas de la Guardia Civil con su dinamita, y consiguen hacerse el control de las fábricas. Entonces pasan a fabricar su propio armamento, que incluye toscos carros de combate blindados, para hacer frente al Ejército Español, comandado precisamente por Franco. Ante la feroz lucha sólo son enviados a primera línia de combate las tropas marroquíes y regulares para luchar contra los mineros. Un hecho también significativo en aquel conflicto bélico que se cobró más de tres mil vidas, es que los dirigentes políticos y sindicales quedaron en clara evidencia huyendo, traicionando a su base una vez empezó la batalla. Pero las causas defendidas tenían más peso que el carisma o la capacidad oratoria de aquellos “líderes”, y los obreros se organizaron de forma espontánea para continuar con la revuelta, incluso haciendo prisioneros a sus anteriores líderes. Al cabo de quince días la revuelta fue sofocada, pero creó el precedente a nivel nacional de la posibilidad de hacer frente incluso al Ejército Español, algo que sin duda llevó a la guerra a la inmensa mayoría de las clases populares de toda España cuando Franco hizo el golpe fascista casi dos años más tarde, hecho que alargaría la Guerra durante tres años.

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